viernes, 14 de marzo de 2008

Tecnología


La compañía en la que trabaja mi papá ha adquirido varios celulares Motorola MotoMing A1200e para el uso de sus empleados más importantes, entre los cuales (y de eso me siento muy orgulloso) se encuentra mi padre. Anoche trajo el mentado celular a casa y entre los dos intentamos descifrar cómo funcionaba.

No soy un tecnófilo pero al menos intento mantenerme al tanto de los avances de la ciencia en los ámbitos que son de mi interés. Al tener el dichoso celular entre mis manos, sin embargo, me sentí mucho más desfasado que de costumbre, ya que aquel sólo tenía tres botones y jamás en mi vida había visto un móvil sin teclado.

Deduje, pues, que se trataba de un celular con touchscreen. Un flashback inmediato me abofeteó y fui transportado hasta 1994, cuando mi papá compró nuestra primera computadora, una IBM PS/1 con sistema operativo Windows 3.11. En la tienda donde compramos nuestro equipo (en esa época en Wilson no se hacían las maravillas de hoy en día, o por lo menos nosotros no estábamos al tanto), había otro que tenía la dichosa pantalla táctil. Recuerdo que quedé fascinado por las infinitas posibilidades (me parecía) de tener un dispositivo tal, más allá de los alcances reales que ofrecía un touchscreen en 1994, y que en esa época (hasta donde alcanzaba mi conocimiento entonces) no iban más allá de ser un elemento netamente suntuario.

El caso del flamante celular de mi papá era, sin embargo, muy diferente. El hecho de trabajar directamente en la pantalla es la esencia misma del aparato y quizá una de las razones principal es de que una emocionada reviewer de Internet lo haya calificado como "el mejor celular que jamás habrás de comprar".

El MotoMing tenía y lo hacía casi todo: celular tribanda, con agenda electrónica, conexión directa a la PC, acceso a Internet, capacidad de tomar fotos y videos con una resolución de hasta 2 Megapíxeles, radio FM, mp3, calculadora, alarma, juegos y una serie de adendas que me dejaron sinceramente impresionado.

Mi impresión devino luego en sobrecogimiento, puesto que el tener esta maravilla tecnológica entre mis manos me hizo caer en cuenta del largo camino que había recorrido el hombre, desde que hace 2 millones y medio de años (por lo menos) nuestros ancestros fabricaron las primeras herramientas de la historia. «Y pensar que empezamos con una piedra», recuerdo haberle dicho a mi padre. Recorrí mentalmente millones de años de evolución biológica y tecnológica de nuestra especie, mientras que las imágenes que se sucedían vertiginosamente en mi cabeza eran acompañadas por la melodía de Also Sprach Zarathustra, el tema insignia de 2001: Odisea en el espacio.

Luego, sin embargo, descubrimos que la compañía de mi papá todavía no había activado el dichoso aparatito y que por ende éste no podía hacer ni recibir llamadas. No pude evitar reírme en la cara de mi padre (sin mala intención, por supuesto -o no demasiada, por lo menos) y le dije que, por lo menos esa noche, yo me quedaba con el adefesio que tengo como celular porque éste no sería capaz de solucionar una ecuación cuántica ni transformarse en auto deportivo, pero al menos podía hacer aquello para lo que fueron inventados los teléfonos móviles: comunicarse.

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