miércoles, 10 de diciembre de 2008

De cómo me enteré de mi ascenso (o sobre cómo una buena noticia puede ser mala a la vez)

Qué flojera me da a veces ser baterista. Déjenme, empero, contextualizarlos para que comprendan el comentario que inaugura este texto.

Mi mamá tiene una farmacia, la cual le gusta abrir antes de las 7 de la mañana, por lo cual se despierta a las 5:30 a.m. Mi papá la lleva casi todos los días, antes de irse él a su propio trabajo, razón por lo cual se despierta poco después que ella. Alrededor de las seis de la mañana están desayunando y después de diez o quince minutos empiezan su viaje hasta el centro de Lima. En todo este lapso -entre que se despiertan y salen de la casa-, el común de los días yo duermo apaciblemente y recién me estoy despertando poco antes de las 6:30.

El jueves que pasó, en cambio, me tuve que despertar media hora antes de mi costumbre sólo para cargar en el carro de mi papá -quién amablemente se había ofrecido (aunque a esa hora él todavía no lo sabía) a llevarme hasta la casa de Diego, el centro de operaciones de mi banda Bonzo, por así decirlo- las cosas que íbamos a utilizar para el concierto de esa noche: tarola, atriles y platillos, por mi parte, además de la guitarra y la pedalera de José y el bajo de Diego, ya que sus equipos estaban en mi casa desde el sábado pasado, cuando dejamos atrás una noche en Los Olivos que nos había dejado heridos, pero no vencidos.

Una vez que hube cargado todo, me di cuenta de que, a pesar de haberme levantado relativamente temprano, no me había alcanzado, sin embargo, el afán madrugador para seguir el ritmo casi heroico de mis padres. Eran ya las 6:30 de la mañana -no obstante lo cual mis papás buenamente me habían esperado- y aún no me había ni bañado, ni cambiado, ni desayunado. Así pues, argüí rápida y maquiavélicamente un plan de contingencia: le propuse a mi papá que se fuera adelantando y así, mientras él dejaba a mi mamá en la farmacia, yo me bañaría, cambiaría y desayunaría, para luego darle el alcance en su trabajo, recoger los equipos y llevarlos desde ahí en taxi (el cual me costaría dramáticamente más barato que si lo hubiera tomado desde mi casa, ya que la chamba de mi papá queda queda bastante cerca de la casa de Diego).

Procedí de dicha manera, y todo pareció salirme incluso mejor de lo que lo había planeado, ya que, cuando hube llegado a la chamba de mi viejo, él me llevó hasta la casa de Diego, ahorrándome las 3 lucas del ucrónico taxi de mis maquinaciones.

Lo malo es que sólo lo pareció, pero sobre esto les comentaré más adelante.

Por lo demás, el resto del día fue bastante típico, salvo por un detalle: Susana, la administradora de mi chamba, me llamó a su oficina para entregarme unos formularios que tenía que devolver llenos a más tardar el martes próximo. Escueta como siempre, pero sin abandonar nunca su característica amabilidad, no me dio mayores explicaciones de las necesarias («son papeles para que te afilies a la AFP que quieras») y me despachó rápidamente para que tanto ella como yo pudiéramos seguir con nuestros trabajos.

«¿AFP? ¿Con lo que gano como practicante, encima me van a descontar para pagar una AFP?», le dije a Óscar, mi compañero, cuando estuve de regreso en mi cubículo. Su contundente respuesta fue a la vez casi confirmatoria de una posibilidad que, aunque lejana, había estado barajando mientras regresaba de la oficina de Susana: «No seas huevón, es porque vas a ascender. Felicidades».

¿Sería cierto? No quise comentar nada al respecto con nadie ajeno a mi trabajo -y esto es-, no se me fuera a quemar el pan en la puerta del horno. Así, pues, transcurrió el resto del día con normalidad, hasta que me dieron las cinco de la tarde y, habiendo ya pedido permiso para irme temprano, me dirigí al local del concierto de esa noche, el ICPNA de Cercado de Lima.

Caminé hasta la avenida Arequipa y tomé una combi, pues no tenía la necesidad de ir en taxi, estando como estaba holgadamente dentro de los tiempos que había calculado para hacer la prueba de sonido sin apuro y tener todo listo y a tiempo para el concierto. Fue, sin embargo, mientras me dirigía al centro de Lima, que me di cuenta de que mi plan matutino había fallado cabalmente: ¡Mis platillos! ¡Los había olvidado en mi casa!

Renegando, me bajé de la combi (estando ya a escasos 15 minutos del ICPNA) y tomé un taxi hasta mi casa, para luego regresar nuevamente al centro de Lima. Las 3 lucas que había ahorrado en la mañana se diluyeron avergonzadamente en el olvido cuando tuve que pagar los 27 Soles que me costó la gracia de la carrera en taxi para recoger mis platillos. Es más: no pude evitar la sensación de pensar que la vida misma se regocija en la ironía, mientras pagaba con 30 Soles y el taxista depositaba en mi mano las tres monedas correspondientes a mi vuelto, el monto exacto cuyo ahorro había celebrado aquella misma mañana.

Pero bueno, el concierto salió de puta madre, lo cual, sin embargo, no me quita la pereza que me da a veces el ser baterista.

* * *

Viernes, fin de la semana laboral. ¿Quién no ama los viernes? Yo lo hacía, por lo menos hasta el que pasó, cuando recibí la peor buena noticia de mi vida -a la fecha.

El viernes en que me anunciaron mi ascenso no empezó muy bien que digamos, por lo menos no para mi bolsillo. Me desperté temprano (bueno, a mi hora habitual), pero, para variar, se me pasó la hora haciendo huevadas, así que tuve que tomar otra vez taxi si quería llegar a tiempo a mi chamba.

Apenas me trepé en el carro, le dije al taxista que sólo tenía 100 Soles para pagarle, respondiéndome él que no tenía vuelto. «Vamos a un cajero», le indiqué entonces.

Hace poco más de un mes me llegó la devolución de los impuestos de un trabajo que realicé hace algún tiempo en Estados Unidos, dinero que me fue depositado en la cuenta -por entonces ridículamente misia- de la que estaba sacando ahora los 20 soles para pagar el taxi. Retiré, pues, el billete anaranjado, luego mi tarjeta y finalmente el voucher, el cual, al leerlo, casi me hace llorar: sólo me quedaban 30 miserables lucas de las casi 600 que en noviembre pasado me cayeron -había pensado en esas fechas- como del cielo.

Al llegar a mi chamba, sin embargo, pareció que mi día empezaba a mejorar: habían armado el árbol de Navidad y cada persona que llegaba a la oficina tenía que elegir uno de los adornos que había junto a él, para luego colgarlo nosotros mismos, lo cual me pareció genial. Escogí una bola de rayas horizontales rojas y doradas y, tras colocarla, accedí automáticamente al derecho a comer el panetón y tomar el chocolate caliente que la empresa había traído para nosotros.

Me serví 3 tazas de chocolate y 4 pedazos de panetón.

Así, pues, con la barriga llena de calorías felices y el corazón navideñamente contento, empecé a trabajar diligentemente. Esa mañana terminé varios pendientes que tenía desde hace unos días (incluso uno que tenía más de un mes, pero cuya resolución no dependía de mí, y para lo cual tuve que pasar por 3 comisarías del Callao).

Y así fue avanzando mi día, atípicamente ocupado pero sin mayores sobresaltos.

Hasta que mi jefe me dijo que tenía que hablar conmigo. Eran alrededor de las 4 de la tarde cuando me pidió que viera si había una sala de reuniones disponible, fungiendo la oficina de Susana como tal. Nos sentamos frente a frente y recorrimos, punto por punto, los detalles de una evaluación de personal por la que habíamos pasado todos los trabajadores de la empresa un par de meses atrás y de la cual, afortunadamente, no había salido tan mal parado.

Luego llegamos al punto central por el que nos habíamos reunido: «Me han encargado informarte que tu situación laboral ha cambiado», me dijo mi jefe. Yo sólo atiné a pensar: «Carajo, era cierto», mientras él me decía, entre otras cosas, que dejaría de ser practicante y que pasaría a ser consultor, así como que tenía potencial pero que tenía que mejorar varias cosas, en lo que yo estuve completamente de acuerdo.

Y así, ese viernes parecía ser todo felicidad y productividad -si exceptuamos el gasto en mi taxi matutino-, hasta que mi jefe me pidió que me cortara el pelo. «Sólo es una sugerencia», señaló, pero era de aquellas a las que no se les puede decir que no.

Como le comentaría a José esa noche, cuando me dijeron que tenía que cortarme el pelo me sentí extraño, desamparado, distante, como aquella mañana en que desperté para descubrir que habían robado en mi casa, o como cuando la Lulú (mi antigua perrita) murió. Jamás pensé tener un arraigo tan profundo con mi pelo, pero, después de todo, mi cabellos largos me han -al menos parcialmente- definido desde hace 10 años, así que dicho apego es también bastante natural de comprender.

Así pues, el viernes último entendí que mi ascenso no era sólo un cambio de estatus en mi condición laboral: era también un nuevo paso que implicaba nuevas responsabilidades, así como nuevos desafíos, el primero de los cuales sería enfrentarme al peluquero, al cual no he visto la misma cantidad de años que mi cabello se ha mantenido por debajo de mi mentón.

Mientras pensaba todo esto, mi jefe seguía hablando, sobre lo que esperaba de mí, sobre lo que significaba este nuevo paso, y, aunque lo escuchaba con mi radar de atención inmediata, en el fondo mi mente continuaba absorta, contemplando la inevitable realidad que me esperaba en un futuro no muy lejano y en el que el headbanging no volvería a ser lo mismo para mí.

Y así, un viernes soleado de diciembre, la sentencia de muerte de mi melena fue decretada. ¿No es acaso motivo suficiente para odiar este día?... Mmm, tienen razón, ya no lo detesto tanto, pero que no les quepa duda de que no habré jamás de olvidarlo.

martes, 2 de setiembre de 2008

Post gratuito

Después de 2 meses, decidí que era tiempo de volver a estudiar Francés. Luego de que en julio se cancelara mi clase por falta de alumnos (si mis cálculos son correctos, yo fui el único que se matriculó); tras no encontrar un horario adecuado en agosto al cual pudiera asistir luego del trabajo y sin interrumpir mis ensayos con Bonzo y Mecánica del Caos; después de que hace poco más de una semana ingresara a una nueva chamba en la cual tengo horario fijo de salida en teoría, mas no en la práctica, y, finalmente, debido a que sólo podía dejar de estudiar dos meses si es que no quería volver a empezar desde primer ciclo, me di cuenta de que a partir de este mes debería empezar a asistir a la Alianza Francesa los días sábado.

Antes de continuar, debo avisarles que esta historia no es graciosa ni alucinante ni triste ni creo que posea alguna otra característica que la pueda convertir en una narración trascendente, nobélica o relevante, ni mucho menos. Sólo la cuento porque me dieron ganas de hacerlo. A lo mucho, podrán aprender cómo aprovechar mejor su tiempo cuando realicen un pago en el banco. En fin, a lo que iba.

Como ya había pagado el ciclo regular de julio (el que me cancelaron) y los cursos sabatinos cuestan alrededor de 100 soles más (porque el ciclo dura dos meses en vez de uno), antes de poder matricularme en mi nuevo horario debía abonar la diferencia en el banco. Hoy martes se cumplía el plazo para la inscripción, así que, después de almorzar, me acerqué a las oficinas de Scotiabank. Uno de sus locales, para mi buena suerte, queda en el mismo complejo donde está mi chamba.

Entré al banco alrededor de la 1:25 p.m. Como no tengo cuenta con ellos, obtuve en la maquinita un ticket "sin tarjeta" y se me fue otorgado el turno B139. En la pantalla decía que estaban atendiendo al B109. «No es mucho», pensé, «sólo faltan 30 "sin tarjeta" más antes de que me toque». Claro que había sacado mi cuenta pensando en que por persona se demorarían entre 1 y 2 minutos. De verdad, me cuesta entender por qué la gente se demora más que ese lapso para realizar pagos o retiros, a menos claro que a alguien se le ocurra cancelar sus deudas "en centavitos", como lo hacía, si mal no recuerdo, la Abuelita.

Avisté un asiento libre y, sin darme cuenta, me quedé dormido escuchando música (sorry por el cherry, pero el que no llora, no mama). Me desperté a la 1:50 p.m. y estaban atendiendo al B110. La razón del ridículo avance del turno de los desafortunados "sin tarjeta" radicaba, entre otras cosas, en que aquellos que tienen cuenta en Scotiabank (cuyos turnos estaban identificados en la pantalla con los códigos C y V acompañados por un número) tenían privilegios de atención prioritaria que se desprendían de su estatus de clientes del banco.

Indignado y furibundo, procedí a retirarme imperiosamente del banco y me dirigí diligentemente a mi flamante centro de labores para huevear de lo lindo en Internet mientras hacía tiempo, estando aún dentro de mi período de almuerzo (el cual dura de 1 a 3 p.m) y teniendo, por tanto, aún poco más de una hora para pagar. Así pues, me senté frente a mi computadora y hablé por Msn, miré un par de videos en MalGusto y vi otros tantos y etiqueté un par de fotos en Facebook, entre otras cosas. Luego de desperdiciar otros cuarenta minutos de mi vida, volví al banco.

Llegué a las 2:35 p.m. y en la pantalla se mostraba que estaban atendiendo al "sin tarjeta" B144. Sí, había perdido mi turno. Pero no, no desespereis, fanáticos y fieles lectores de Naoto Tamura, pues, antes de retirarme la vez anterior, había tomado la previsión de sacar otro ticket "sin tarjeta", el B147.

Así pues, alrededor de las 2:55 p.m., fui atendido. Pagué las casi 100 lucas y salí del banco a las 2:56 p.m. Fin.

miércoles, 27 de agosto de 2008

Raíces
2da entrega

Varias ciudades y centros poblados de los departamentos de Ica y Huancavelica fueron devastados el 15 de agosto de 2007 por un sismo de 7,9 grados Richter, el cual no sólo remeció el sur del Perú, sino que desempolvó y dejó a la vista la escasa capacidad (¡qué sorpresa!) del Estado peruano para reaccionar ante situaciones de emergencia (entre otras tantas eventualidades que suelen acaecer en nuestra siempre sorpresiva y adrenalínica sociedad perucha).

Como resultado de aquel terremoto, esa noche fueron arrebatadas casi 600 vidas, resultaron heridas 1500 personas, 76 mil viviendas fueron destruidas o quedaron inhabitables y casi 320 mil peruanos fueron damnificados, sin contar las alrededor de 320 personas cuyos cuerpos no fueron encontrados jamás.

La ayuda internacional no tardó en llegar a la zona del sismo. No sólo hablo de las grandes organizaciones y transnacionales, las cuales ciertamente aportaron gran cantidad de dinero y contribuciones de otros tipos (medicamentos, especialistas, albergues, etc.) para tratar de paliar la terrible situación de los cientos de miles de damnificados del sur del Perú, quienes de la noche a la mañana habían perdido lo que tenían, que ya era, de por sí, escaso.

Otro tipo de auxilio, más modesto y atomizado, pero, asimismo, más directo, llegó también para Ica y Huancavelica desde distintos lugares del mundo. Cientos de personas, de las más distintas tipologías, ideologías y otras categorías, la mayoría de ellos de lejanos territorios donde el Castellano no es el común denominador, compraron buenamente su pasaje de avión vaciando lo que había en su bolsillo y, en colaboración con varias ONGs, llegaron a la zona devastada para trabajar en su reconstrucción, hombro a hombro junto a los damnificados.

Nikandros Georgakis y Eugeneia Dimakopoulos fueron sólo dos más de ese variopinto montón de inesperados visitantes internacionales que llegaron al Perú en el último trimestre de 2007. Así pues, no podría decirse que mis padres hayan hecho nada de especial para resaltarlos de aquella bendita y asistencial masa humanitaria. Me corrijo: su auxilio sí que fue muy especial para aquellos a quienes ayudaron, así como lo fue el del resto de voluntarios, pero el único reconocimiento que recibieron todos ellos -siempre me dijeron que eso era más que suficiente- fue el de las sonrisas de los amigos que hicieron en Pisco y a quienes ayudaron a limpiar de las ruinas de su propia casa, el terreno donde ésta se había levantado antes. Ese es, después de todo, el espíritu del voluntariado. Empero, si son parte de este relato, es sólo porque gracias a ellos yo estoy aquí para contárselos ahora...

Aunque, ahora que lo pienso bien, sí hay algo que habría de diferenciar a mis padres de la gran mayoría de voluntarios que vinieron al Perú a levantar escombros y a construir albergues para los damnificados aquel 2007: los futuros esposos Georgakis no volverían a dejar este país.

sábado, 16 de agosto de 2008

Raíces*
1ra entrega

Nikandros Georgakis y Eugeneia Dimakopoulos llegaron al Perú el viernes 28 de setiembre de 2007. Ambos habrían de convertirse en mis padres dos años después, pero en esa época aún no compartían el apellido que yo llevo ahora, a pesar de que ambos ya guardaban secretamente el deseo de hacerlo algún día (lo cual incluía vagamente el proyecto de mi persona).

Fueron recibidos por Lima con su habitual cielo color panza de burro de tarde de invierno, tras 56 horas de viaje (contando el tiempo de espera entre escalas) desde su natal Atenas, inevitablemente cansados y con una leve pero aún así molesta disritmia circadiana.

Desde hacía poco más de una semana, Pedro Villalta, el contacto que su ONG había establecido para que fungiera como su anfitrión y guía durante su permanencia en Lima, había quedado en recogerlos del aeropuerto Jorge Chávez. Pedro, por supuesto, fulguraba por su ausencia cuando mis papás dejaron la sala de desembarque. No obstante, ambos pensaron que la situación podía servirles para practicar el escaso Castellano que habían podido aprehender tras poco más de un mes de clases intensivas bajo la tutela de Mayra Duarte, su compañera mexicana de intercambio en la Universidad de Atenas, amiga e improvisada profesora de idiomas.

Luego de diez minutos de incursionar en prácticamente todos las tiendas y restoranes del aeropuerto, se dieron cuenta de lo inútil (a pesar de lo divertido) que había sido insistirle a Mayra en que su enseñanza se centrara en jergas que, ahora lo sabían, no se podían usar efectivamente en esta parte de Latinoamérica: aquí no había charros, pero sí choros, y ser "pendejo" era casi casi un halago.

Después de cuarenta minutos de espera, la ansiedad de mis padres por encontrar a su guía tenía ya ligeros matices de desesperación y corría el peligro de teñirse de ella por completo. Sin embargo, justo en el preciso momento en que estaba a punto de despertarse la vena histérica de Eugeneia, a paso ligero, agitado, ligeramente sudado, y sosteniendo en su mano un papel cuadriculado mal arrancado de su cuaderno de la universidad y que llevaba escritos dos apellidos forjados en la cuna de la Civilización Occidental, Pedro hizo su gran aparición.

«Disculpen por la demora» les dijo a mis padres en un masticado Inglés, mientras ellos le devolvían una sonrisa y pasaban desde ese momento a ser sus protegidos. «El tráfico es terrible», intentó explicarles mientras caminaban hacia la avenida Faucett. Sin embargo, ni Nikandros Georgakis ni Eugeneia Dimakopoulos le prestaron entonces atención a esa oración que tantas veces habrían de usar durante los siguientes años.


* Esta es una historia que podría ser, no se trata de mi autobiografía. Téngase esto en cuenta para las próximas entregas.

domingo, 3 de agosto de 2008

Hasta la próxima vez...

Nuestro "Gordito" ha partido. Su lucha diaria y sus ganas de vivir fueron siempre vehementes. Es el héroe de nuestro barrio, mostrándonos que a los problemas sólo hay una forma de enfrentarlos: valientemente y mirándolos cara a cara. En su batalla, Augusto ofreció su fuerza toda y la quemó hasta el último cartucho. Y, ahora, ya no está con nosotros, es cierto. No triunfó del todo, pero al final ganó: nuestro respeto, nuestro cariño, nuestra admiración. Porque ganar es también, y sobre todo en realidad, un asunto de actitud. Augusto fue un ganador siempre, lo gritaba al mundo a través de sus actos, día a día.

Los héroes son así, tan fugaces como eternos. Brillan intensamente, y luego parecen apagarse. Sin embargo, el recuerdo del paso de su luz por nuestras vidas nos inspira a ser mejores y eso los hace permanecer más allá de lo que cualquiera de nosotros podrá hacerlo jamás.

Pero Augusto también fue nuestro amigo, y los amigos, los de verdad, son para siempre. Él nos unió como nadie, haciendo que nuestras diferencias se convirtieran en puentes y nuestras semejanzas, en pasos para atravesarlos. Él fue el que nos "re-unió", en el sentido más profundo de la palabra, volvió a juntarnos luego de que la vida, como pasa muchas veces, nos hiciera tomar rumbos y rutinas que nos alejaban mutuamente en nuestro día a día, a pesar de permanecer físicamente tan cerca como vivir a unas cuantas casas de distancia los unos de los otros.

Felizmente y para nuestro bien, Augusto nos recordó que estar cerca es en realidad estar presente. En sus últimos tres años luchó intensamente por su vida, y a pesar de eso siempre supo darse un tiempo para cada uno de nosotros y para todos juntos, como sus amigos, su manchita, haciéndonos pasar tiempos y momentos hermosos que sin él habrían sido imposibles. Pero, sobre todo, nos demostró que él era y seguirá siendo nuestro amigo y que estuvo y estará ahí para y por nosotros, siempre.

Ese es, en el fondo, el meollo del asunto. Augusto fue y será siempre NUESTRO, de todos los que estamos aquí para despedirlo, pero, sobre todo, para recordarlo. Ese es su legado, pues nos dejó lo que siempre quiso entregarnos: la esencia de su maravillosa persona a todos los que tuvimos el privilegio de conocerlo. Su partida nos despierta una profunda tristeza, es inevitable y sería extraño que así no fuera, habiendo sido nuestro "Gordito" como fue en vida. Pero su recuerdo, y eso también es natural, aviva en nuestros corazones una profunda alegría por haberlo conocido.

Augusto ya no será sólo nuestro héroe, porque ahora es también nuestro ángel. Nuestro amigo lo fue, lo es y lo será para siempre.

lunes, 30 de junio de 2008

Reflejos, una exposición de Joanna Lindén

Felicidades y buena suerte, min lilla älskade Joanna.




Están todos invitados a la inauguración de Reflejos, exposición fotográfica de Joanna Lindén, del 1 de julio al 19 de agosto en el C.C. La Noche de Barranco, Bolognesi 307, Barranco. Pueden encontrar más información sobre las fotos aquí

sábado, 31 de mayo de 2008

NO QUIERO MORIR POR TU VICIO
31 de mayo: Día Internacional del No Fumador

Publicado en la edición de mayo
de la revista Cliché

Puedo decir que por lo menos la mitad de mis amigos son fumadores, y no sólo ellos, sino la gran mayoría de gente que frecuenta los mismos lugares que yo. Cada vez que salgo de una discoteca, concierto bajo techo o de una fiesta o reunión de cumpleaños, es inevitable que mi ropa y mi pelo queden oliendo a humo de cigarro. Protesto un rato, después me calmo y me voy a dormir, pero vuelvo a renegar al día siguiente, cuando me doy cuenta de que, aun tras haberme bañado, el olor a pucho no ha desaparecido de mi cabello.

El problema no me afecta directamente en tanto que considero que los fumadores saben en lo que están metidos -a estas alturas no creo que nadie desconozca los perjuicios que provienen del vicio de fumar-, y si ellos desean morir de cáncer al pulmón o de derrame cerebral, pues esa es su decisión. Las cosas cambian, sin embargo, cuando algunos -entre los que me incluyo- están obligados a respirar esa mezcla de nicotina, alquitrán, monóxido de carbono, oxidantes e irritantes que están contenidos en el humo del cigarrillo.

Mucha más pena me da cuando veo a menores de edad fumando. Venderles cigarros está más que prohibido en nuestro país y, si yo noté que ellos no cuentan con la edad suficiente para fumar, pues es obvio que aquel quien les vendió los cigarrillos pudo notarlo también.

Mi decisión de no fumar obedece a razones de salud y a razones personales. La adicción al cigarrillo puede causar diferentes tipos de cáncer, enfermedades del corazón, deficiencias respiratorias, males circulatorios (incluyendo la "impotencia", tan temida por nosotros los caballeros y camuflada ahora bajo la casi metafórica definición de "disfunción eréctil"), defectos de nacimiento (que incluyen discapacidad mental y física) y enfisema. No fumar no me asegura que no pueda algún día padecer de alguno de estos males, pero fumar aumenta de manera considerable la probabilidad de sufrirlos. Tampoco quiero tener mal aliento, uñas y dientes amarillos, o ponerme histérico cada vez que no pueda fumar.

Julio Ramón Ribeyro cuenta en sus memorias que, mientras estaba en París y vivía de una subvención, antes de abrir el sobre del cheque que le llegaba por correo cada mes, necesitaba fumarse un cigarrillo, no importa que tan pobre o hambriento estuviese. Como todo buen escritor peruano, pasó hambre y frío en la Ciudad Luz, pero no se libró de este ritual (fumar antes de abrir el sobre de su cheque) a pesar de sus apuros económicos y, podrá haber sido un excelente cuentista, pero su manía era tan absurda como la del más común y vulgar de los fumadores. Eso sin contar que su vicio le costó perder gran parte de su estómago y finalmente lo llevó a la tumba.

Las personas que fuman contaminan mi cuerpo y el de los demás. Mucho peor aún, las empresas que venden cigarrillos conocen los problemas que provienen de la práctica de fumar, pero siguen ofreciendo su mercancía sin ningún remordimiento. Mi carencia del hábito de fumar, en cambio, no afecta a nadie. No corrompo la salud ni de niños ni de grandes, ni la mía propia, al no prender un cigarrillo.

Por eso, y con mucho orgullo, que este 31 de mayo voy a celebrar el Día del No Fumador. Y obviamente que no lo haré prendiendo un cigarro.

miércoles, 21 de mayo de 2008

Qué rico es el asado con puré...


Qué rico es el asado con puré, me parece que no lo comía hace millones. Gracias a Santa por un almuerzo que extrañaba hace demasiado tiempo.

sábado, 10 de mayo de 2008

El corazón los une: Querer un hijo a la distancia

Versión original del artículo publicado
bajo el título de "Fundidos en un solo corazón"
en la primera edición de la revista
"Peruanos en USA", en mayo de 2008.



Durante dos décadas, Rosa María había compartido el Día de la Madre con toda su familia: su esposo Erick, su hijo mayor Erickson y, eventualmente, el pequeño Aldhair. Este año, sin embargo, será diferente. Un nuevo reto pone a prueba el cariño que une a esta familia sanmiguelina, pero la promesa de un futuro mejor y, sobre todo, la esperanza de un próximo reencuentro, mantienen el cariño de los protagonistas de esta historia a través de los miles de kilómetros que los separan.


No fue difícil llegar a la casa en la que Erickson vivió hasta diciembre del año pasado, a pesar de ser la primera vez que vengo. Toco el timbre y se abre una pequeña ventana en la puerta de metal y vidrio. Los ojos inquietos de Aldhair, hermano menor de Erickson, me observan mientras pregunta mi nombre. «Soy el reportero de Peruanos en USA, he venido a entrevistar a la señora Rosa María», le respondo. Me abre la puerta y tras él aparece su madre, una mujer de cabello corto con un aire amable y sincero. Me saluda con una sonrisa y me pide tomar asiento.

Rosa María es un ama de casa que tiene, además, un negocio de menús para trabajadores de la zona. Entre esta última actividad y las labores de su hogar se le va la mayor parte del día. Es recién durante la noche que puede comunicarse con su hijo Erickson, quién partió a los Estados Unidos el año pasado, en diciembre, a través de un programa laboral de verano para estudiantes universitarios.

Este será, pues, el primer Día de la Madre que pasará sin su hijo mayor.

- ¿Cómo era la vida de su hijo Erickson antes de irse a los Estados Unidos?
- Bueno, él fue muy hábil desde niño y siempre lograba sus objetivos -me responde Rosa María, sin disimular su orgullo de madre-. Desde pequeño destacaba en todo lo que se proponía hacer, no sólo en el estudio sino también en el deporte. Le gustaba mucho el fútbol, incluso estuvo en el club Alianza Lima en dos oportunidades, cuando tenía 5 y 9 años. En secundaria siguió siendo un buen alumno. Comenzó a estudiar inglés desde que entró al 2do de secundaria y terminó en tres años. Acabó 5to de secundaria en primer puesto y antes de salir del colegio ya había ingresado con tres cuartos de beca a la Universidad Privada de Piura. Actualmente cursaría el séptimo ciclo de economía.
- ¿Cómo toma la decisión de quedarse en Estados Unidos?
- Él decide viajar a los Estados Unidos con ese programa para ir a trabajar por los tres meses de verano, retornar al Perú y seguir con sus estudios, pero estando allá toma la decisión de quedarse. Ha sido un poco difícil para nosotros de aceptarlo, pero también, al darle esa libertad de ir a Estados Unidos, sabíamos que podía tomar esa determinación. Viendo perspectivas, él me dijo un día: "Mami, yo creo que acá puedo estudiar, tengo la posibilidad de repente de postular a una visa de estudiante y, luego de que me la den, empezar a estudiar". Y creo que ese es su nuevo objetivo. Él me dice: "Lo que yo estudié en Perú de todas maneras me sirve, porque está en mis conocimientos y yo los he aplicado en el trabajo y como persona". Entonces, el tomar la decisión de quedarse es ahora un nuevo reto para él y que nos demuestra que nos ama mucho a nosotros.

Rosa María se detiene por un momento, toma un breve aliento y prosigue.

- Erickson nos extraña porque tiene mucha tristeza de estar solo, pero "el objetivo son ahora ustedes", me dice, "yo veo por ustedes", y quiere que prepare a su hermano de la misma manera que me dediqué a él, porque más adelante piensa llevarlo.

El rostro de la madre de Erickson adopta ahora un tono un poco más serio al que había tenido hasta ahora, pero sin perder la expresión afectuosa con que habla de su hijo. Continúa.

- "Primero", yo le digo, "tienes que realizarte tú. Una vez que te has realizado tú, recién puedes pensar en tu hermano. Tu papá y yo nos encargamos acá de Aldhair, en apoyarlo, en darle lo mejor, pero ya más adelante se verá eso".
- ¿Cuál es el principal objetivo de Erickson al quedarse allá? -le pregunto a Rosa María.
- Primero, ahorita, es ver la manera de seguir estudiando. Él quiere de todas maneras seguir estudiando porque lo extraña. A veces me dice: "Mami, extraño agarrar un libro". Y eso es en lo que yo siempre me mantengo como mamá. Le aconsejo: "Tú podrás haberte quedado allá y, a veces uno puede trabajar en muchas cosas que no son las que uno quiere, pero, si tu objetivo es estudiar, trata de cumplirlo". Eso es lo que le aconsejo siempre.
- Esta es la primera vez que Erickson se aleja por tanto tiempo de su familia ¿Cómo ha cambiado su relación después de que él se ha ido?
- No creo que haya cambiado. Él siempre ha sido poco comunicativo en sus cosas personales. Recién cuando las realiza, nos cuenta de qué se trata. Pero yo como mamá siempre intuyo en él las cosas que él quiere hacer, siento cuando está triste, cuando está alegre. En realidad no ha cambiado la relación con nosotros, porque él siempre me dice "siempre estoy al pendiente de ustedes, siempre pienso en ustedes, y lo que yo haga siempre va a ser por ustedes".

Erickson llegó a los Estados Unidos a trabajar como ayudante de cocina en un hotel de Atlantic City, en New Jersey. Tras culminar su período de trabajo, decidió permanecer en la tierra del tío Sam para empezar una carrera universitaria. Tras contactarse con un amigo de su colegio en Lima, quién vivía y estudiaba hace ya algún tiempo en Florida, decide mudarse a este estado pues consideró que esa era su mejor opción.

- En Florida -prosigue Rosa María-, Erickson piensa conseguir trabajo. Un amigo suyo que estudia medicina cibernética va a guiarlo para saber qué es lo que debe hacer para postular a la universidad. Mi hijo ya ha tramitado su visa de estudiante, pero eso demora entre tres y ocho meses, y él no tiene ni un mes que la ha pedido. Bueno, como él siempre ha sido un alumno destacado me ha pedido sus documentos porque quiere solicitar una beca.

Rosa María se retira un momento y regresa con algunas de las medallas e insignias ganadas por su hijo mayor durante su vida escolar y universitaria. Mientras me las muestra, puedo percibir en su mirada el orgullo de madre, más que evidente, y su firme confianza en las capacidades de su hijo.

- ¿Usted se ha puesto a pensar en que quizás no volverá a ver a Erickson en mucho tiempo? -le pregunto.
- En realidad sí. Ahora estoy tranquila, pero mi hijo me cuenta los momentos difíciles que ha pasado tras tomar la decisión de quedarse. Lo que pasa es que ha gastado plata en documentos y otras cosas, y luego viene la falta de dinero. Cada vez que converso con él, siento que algo pasa y que él no me lo dice. A veces me dice: "Yo quiero que tú sientas que estoy bien, que todo el tiempo estoy bien, no que estoy pasando por algo malo, que me siento mal o que me siento triste". Y cuando él me dice esas palabras es porque hay algo, es porque está triste, porque está solo. Pero bueno, a veces soy yo la que me pongo un poco nerviosa, pensando en que ojalá que esté todo bien. Siempre me encomiendo a Dios, soy muy creyente y confío en Él para que lo ilumine y le guíe en su camino.
- ¿Cómo definiría sus sentimientos respecto a que su hijo esté tan lejos y no sepa cuándo volverá a verlo?
Ojalá que no cambie, porque muchas personas dicen que los hijos cambian, pero la vida los hace cambiar a ellos, porque un poco la dureza, la manera fría de vivir los hacen cambiar, pero tengo fe en que el cariño, la enseñanza, la manera cómo hemos enfocado la vida con ellos creo que queda marcado y creo que eso va a hacer que la unión se mantengan mientras la comunicación, mientras nos digamos ese cariño que sentimos pienso que no va a romperse porque nos quiere mucho, siento que nos quiere mucho, pero ojalá que no cambie, tengo fe en que no va a pasar eso.

- ¿Cómo se imagina el reencuentro?
- ¡Ay, Dios mío! -exclama Rosa María, mientras su mente parece volar por un instante hacia aquel ansiado momento-. A veces pienso en cómo quisiera que ya hayan pasado 5 años, porque ese es más o menos su proyecto. Ya quisiera que hubieran transcurrido ese tiempo para volverlo a tener con nosotros. Cuando se fue, algo me decía: "Dios mío, él se va a ir y no va a regresar", pero yo me despedí con todas las ganas y dándole los mejores consejos, quizás porque en el fondo yo sabía que no volvería a verlo en mucho tiempo.

Los sentimientos que la embargaron cuando despidió a su hijo, cuatro meses atrás, en el aeropuerto, parecen inundarla de nuevo. Lo noto en sus ojos, que brillan al humedecerse un poco mientras habla. Rosa María se ríe levemente, como para darse ánimos, y continúa.

- Yo siempre soy llorona en esa parte, siempre estoy pensando en él y quisiera que el tiempo pase más rápido ahora. Aunque él me dice: "Mamá, tienes que vivir tranquila, tienes que estar con mi papá, con mi hermano, dedicarte con él; olvídate un poco de mí y dedícate más a mi hermano", pero a veces no se puede. En mi mente siempre mi hijo, en la mañana, en la tarde, en la noche, así no me comunique con él, pero ahí lo tengo. Pienso que está acá, y aunque sé que estando lejos va a ser más difícil, siento muchas cosas por él. Quisiera que pase el tiempo rápido y que salgan las cosas bien, que demuestre que puede hacer las cosas bien y sólo pido que, donde esté, lo cuiden y lo guíen.
- ¿Cómo se imagina que será su primer Día de la Madre sin Erickson?
- Bueno, va a ser difícil. La Navidad pasada, dentro de mí, decía: "No, los tres (mi esposo, Aldhair y yo) no podemos pasarla solitos porque va a ser muy triste". Felizmente, una de mis cuñadas nos invitó a su casa. Ella tenía Internet y webcam. Entonces, mi hijo pequeño nos dijo: "Mamá, nos vamos donde mi tía porque es ahí vamos a poder hablar con mi hermano", así que eso hicimos. Erickson ha pasado una Navidad feliz con sus primos y sus tíos allá. Bueno, él ha sentido de todas maneras la ausencia de su propia familia. La pasamos tranquilos, conversamos antes de las doce y después me dijo: "Mami, nos vamos a ir a cenar", porque nos llevamos 1 hora de diferencia. "Acá hacen una Navidad para los niños", me dijo, "porque hay muchos niños y les hacen vivir la Navidad, diciéndoles que llega Papá Noel".
- Porque Erickson los ha ayudado a hacer como que Papá Noel bajaba -añade, emocionado, Aldhair, quien ha estado todo el tiempo junto a nosotros, escuchando nuestra conversación.
- Pero yo me quedé contenta de verlo -continúa Rosa María-. Y ahora, para el Día de la Madre, lo único que me queda es estar en casa y esperar a que mi hijo me salude temprano, pero de todas maneras voy a sentir su ausencia. Él siempre está al pendiente de nosotros, de su mamá, de su papá, de su hermano. A Aldhair siempre le para aconsejando, todos los días: "hazle caso a tu mamá", porque sabe que su hermano es terrible -Rosa María y yo nos reímos, aunque al pequeño no parece hacerle tanta gracia-. Pero bueno, tenemos que aprender a superar con el corazón cualquier impasse que se nos presente, sobre todo la ausencia. Es el corazón el que nos une: estamos lejos, pero los sentimientos son los que nos hacen presentes a pesar de la distancia y los que nos hacen que estemos siempre unidos. Yo creo que es así.

Nadie sabe a dónde lo llevarán sus propios pasos. Erickson emprendió su nuevo camino pensando que era lo mejor para él y para los suyos. Su decisión lo ha alejado físicamente de su familia, pero lo ha unido más a ella en el corazón, como bien lo dice Rosa María. Mientras tanto, el teléfono y la Internet son la única forma de estar al tanto los unos de los otros. A ambos lados de los miles de kilómetros de línea telefónica que los separan, ellos esperan: por una vida nueva, por un próximo reencuentro, por aquel Día de la Madre en que podrán estar, nuevamente, juntos los cuatro.

miércoles, 7 de mayo de 2008

Exercice de Français incorrigé

Les forces de l'hier et les promesses de domain,
mes démons et tout les espoirs que les gens mettent sur moi,
ils ne sont rien sans toi
parce que je n'ai pas la volonté d'ecrire mon histoire
quand tu m'as quitté.