jueves, 14 de febrero de 2008

Falling in(to) love... inevitablemente

Encontrábame caminando, ya cercano el anochecer, por las antiguas callejuelas de Barranco, cuando divisé a lo lejos el mar, teñido con el color de la sangre. Dime cuenta entonces de que tiempo hacía que no extrañaba algo con la intensidad brutal de las violentas emociones de mi adolescencia. Supe así que esta tarde tenía la necesidad de sentirme nostálgico, por lo que encaminéme en dirección hacia el Astro Rey que, desfalleciente, fundíase en el mar, figura melancólica por antonomasia. Al llegar al malecón, encontréme con interminables parejas que besábanse, abrazábanse y jurábanse amor eterno, repitiéndose unos a otros (imaginábame) todos con las mismas palabras que su amor era único e inigualable: "te amo como nadie" fue dicho novescientas ochentaicinco mil novescientas veinte veces hoy, Día de San Valentín, en Lima.

Estando como estaba, solo, esta tarde, percatéme pues de que no tenía en ese preciso momento a nadie a mi lado a quien confesarle, con la singularidad y originalidad descrita líneas arriba, mi amor. Así, con mi afán nostálgico repotenciado por mi adhesión involuntariamente obligatoria a la soledad y por mi aversión a la cursilería, caminé hacia la orilla del acantilado, porque no hay nada que sazone mejor que el vértigo a la nostalgia producida por un atardecer barranquino de verano, por lo menos para mi gusto (y tíncame que también para el de los suicidas, lástima que ya no se les puede preguntar). Así, sin ganas -debo advertir-, de tomar "fatal decisión" alguna que adornara las páginas de algún diario wolfensoniano, recorrí el borde del precipicio, encontrando a mi paso más y más parejas enamoradas en desafiante actitud ante el peligro (para cualquiera que no haya aún dominado el arte de caminar, o que esté ebrio) del abismo que se cernía ante ellos, como diciendo "el amor lo vence todo".

Las melosas y cursis actitudes del amor en San Valentín acechábanme por un lado, del otro sólo tenía el abismo. Seguí caminando así entre ambas amenazas en busca de un pronto y feliz escape de esta pesadilla fresa que hacíaseme más peligrosa que cualquier monstruo newyorkino inoportuno o hitazo del verano.

* * *

Parecióme haber caminado por varias horas. Ya incluso podía avizorar una luna que, partida por la mitad, se elevaba en la oscura bóveda de la noche limeña. De la luz del día sólo quedaban ahora sus vestigios, pinceladas violetas y verdosas esparcidas caprichosamente en el cielo del verano limeño.

Digo, empero, parecióme, porque el ímpetu de mi huída me hacía percibir mi empresa mucho más grande y trascendente de lo que realmente era. Había caminado en realidad poco más de treinta minutos y eran restaurantes, boutiques y delicatessen miraflorinos los que rodeábanme ahora, pletóricos de parejas que gustaban de demostrar la abundancia de su amor recurriendo a la generosidad de sus bolsillos. Ramilletes de flores con copyright, cafés frapé y ensaladas César reemplazaban a los arrumacos y besuqueos del distrito que había dejado atrás, gestos estos de amor sanvalentinesco tan poco pretensiosos que ahora (casi, casi) se me hacían simpáticos y que por poco parecían comunistas al lado de los que avisoraba en este momento.

En los (cada vez más) lejanos años de mi adolescencia habría renegado con furiosa pasión de sendas expresiones amatorias, pero, como habráse dado cuenta, amigo lector, ya al morir este día y al principiar este texto era evidente la ausencia en mi ser de los arrebatos pueriles que convirtiéronme durante mis años mozos en una suerte de poeta cínico de inusitado e incomprendido sentido del humor. Era incapaz de sentir una nostalgia del tipo adolescente porque las hormonas habían ya aquietado su bullicioso repercutir en mi cutis y en mi emotividad. Por equivalentes razones, hace tiempo que había dejado de lado lucha antisistema alguna o cualquier otro proyecto anarco-punk-posero para prepararme a ser un miembro productivo de la PEA y aportar con mi granito de arena al PBI.

Así, pues, en San Valentín yo también fui invadido por el espíritu del amor que podría ser publicitado en Quality Products y compré mi respectiva rosita.

miércoles, 13 de febrero de 2008

BONZO en laTVaburre.com

Muchas gracias a Daniel García por incluirnos en su proyecto laTVaburre.com. Este es el reportaje realizado a mi banda Bonzo para la mentada página, muy recomendable ésta por cierto para quienes quieran saber algo más de lo que sucede en la movida local (y escapar de paso de nuestra paupérrima y aburrida propuesta mediática masiva).



sábado, 19 de enero de 2008

Más videos

Este mes es para este blog definitivamente audiovisual (a parte de ser inusitadamente actualizado). A continuación los dejo con un video de un concierto en Trujillo, realizado el pasado 4 de enero, en el que participé como músico invitado en la batería. Muchas gracias a Laguna Mental por la oportunidad de compartir escenario con ellos.



Lamento la baja calidad tanto del audio como del video, pero el material que pueden apreciar fue grabado con una cámara fotográfica digital y la iluminación del local era prácticamente nula, por lo que hice lo que pude con lo poco de que disponía. Nuevamente, espero que disfruten de este momento de encuentro musical y (sobretodo) de improvisación.

jueves, 17 de enero de 2008

Mi música

Como habrán podido notarlo, ahora este blog cuenta con un reproductor flash en la barra derecha. Tal vez ya lo hayan adivinado: se trata de algunos temas que he grabado, tanto con mis grupos NMJ y Bonzo (en la batería), como composiciones de mi "proyecto" personal, agrupadas bajo la titularidad de HMC (quienes me conozcan personalmente sabrán cuál es mi verdadero nombre). Espero que las disfruten. Poco a poco iré aumentando más temas para su "deleite". Muchas gracias por visitar mi blog, cuídense y manden fruta.


P.D.: Para detener la reproducción sólo tienen que darle clic al botón de pausa .

viernes, 11 de enero de 2008

1er Videoclip de BONZO

Éste es mi primer post de 2008 y asimismo el primer videoclip de mi banda Bonzo. Se trata de una canción acústica de poco más de un minuto, Flor, tema compuesto por José practicamente por encargo. La historia de Flor la sabe él mejor que nadie, y es a él a quien le corresponde contarla por su estatus protagónico en la misma. Mientras tanto, los dejo con el video, dirigido por un servidor y armado, cual zapatero remendón, con retazos del historial videográfico de Bonzo. Espero les guste.





Para quienes quieran entender la letra, aquí está:

Soy yo,
ya ves.
Mi primavera
sólo marchitó,
tu mar.
tu rostro quema
cuando hablo de dos
y es más,
te ríes de mi
inmensa devoción
a ti.
Me juzgas por regarte
Flor

viernes, 24 de agosto de 2007

NÉMESIS
1ra parte
Basado (apenas) en hechos de la vida real*

Como ha sido su rutina practicamente diaria desde hace cinco años, Raquel entró a la panadería de la vuelta de su casa a las 6 de la tarde. La robusta mujer del Rímac era clienta fiel de ese local tanto por la cercanía a su casa como por la calidad de sus productos, pero sobre todo porque tenía la necesidad, aunque inconfesable, de encontrarse diariamente con la china Soila.

Ambas no podían ser más diferentes. Raquel, mujer de rubicunda cabellera, amplia de cuerpo y dulce pero potente de voz, parecía una cantante noruega de ópera retirada antes de tiempo. Por lo menos eso pensaban los amigos de su hija Delia -obviamente sin que ésta lo supiera-, quienes se regodeaban imaginando toda suerte de historias respecto al pasado de la madre, desde un escape intempestivo del Festival de Viena, huyendo de un director ruso acosador, hasta una vergüenza pública que nunca pudo superar por un apoteósico gallo que se le escabulló durante una presentación en la noche de gala de su embajada en Burundi.

En lo que coincidían todas estas alucinadas proyecciones era en que, en algún lugar de la casa, Raquel todavía guardaba la armadura y el casco de vikinga en los que tantas veces se introdujo, en aquel imaginario, oh, pasado glorioso, vestimenta que -imaginaban- volvía a usar durante las noches de luna llena, a escondidas de su esposo y de su hija, mientras interpretaba en la azotea de su casa y con la misma pasión de antaño las arias que la hicieron llenar teatros enteros en su lejana tierra natal y en tantos lugares del mundo, pero que ahora, lamentablemente, se perdían en el bullicio de la avenida Túpac Amaru, donde quedaba su casa.

Nada de esto era verdad, obviamente, pero era divertido imaginarlo, o al menos eso pensaban los amigos de Delia.

En fin, desde que nació, Raquel había vivido en la misma casa, heredada de sus padres quienes a su vez la habían recibido de los suyos y lo más probable es que también pasara a estar bajo la tutela de Delia cuando llegara el momento. Sí, Raquel y toda su estirpe eran limeños como ellos mismos y adoraban su barrio. Aquella mujer de cincuenta años, madre desde hace 26, no era chismosa, sino observadora, de una excelente memoria (detestaba cuando le decían que tenía "memoria de elefante" por el obvio doble sentido de la comparación) y de labia profusa y fácil. Sabía los nombres de cada una de las personas que habían habitado el vecindario desde que tenía uso de razón y mantenía relaciones bastante cordiales con todas ellas. Excepto con la china Soila.

La dueña de la panadería no era china sólo de chapa, sino que era -como decía Raquel- "china de China". Llegó al Perú en 1968, cuando tenía 13 años, junto con sus padres y sus tres hermanos en un barco procedente de Shantou. Su nombre de pila, por supuesto, no había sido Soila hasta el momento en que puso sus pies en el La Punta, ni mucho menos su apellido Vargas hasta que fue inscrita oficialmente en los registros de inmigración del Ministerio del Interior.

La oriental familia de flamante apellido peninsular se instaló en una de las tradicionales callecitas del Rímac de aquel entonces. Luego de algunos años ya tenían un próspero chifa, con un nombre bastante particular por cierto: "Chifa New York". ¿Por qué aquella familia china de apellido español bautizó con un nombre anglosajón a su negocio? Nadie lo ha averiguado hasta ahora, o por lo menos no hay quien haya vivido para contarlo, aunque lo más probable sea que a quienes lo intentaron no les alcanzó la paciencia para escuchar al patriarca de los Vargas explicar la historia de su negocio en un idioma en el que difícilmente es capaz de articular más de cuatro palabras seguidas.

Para su buena fortuna, Soila había heredado el olfato para los negocios de su padre. En cuanto a su dicción del castellano, aunque cargaba con algunas de las deficiencias del habla de su progenitor, éstas no eran tan extremas, si bien que no había podido abandonar del todo el dejo y la forma de construir las oraciones de su idioma natal.

* * *

Soila abrió su panadería hace unos ocho años. Como digna hija de su padre, supo detectar el negocio que hacía falta en el barrio al que había llegado luego de mudarse de la casa paterna, y como buena Vargas, bautizó su local con un nombre muy -demasiado- particular: "Panadería La Nueva Terpsícore". Una vez más, nunca nadie supo el por qué de aquella elección.

En menos de medio año, la china Soila logró convertir a sus panes en el deleite de todo el barrio. Antes de que ella llegara, los vecinos tenían que recorrer un duro camino de más de cinco cuadras para poder comprar un pan a duras penas decente o conformarse con la dureza del destino de tener que comprar el pan duro del supermercado de la avenida. "La Nueva Terpsícore" volvió en suave y esponjosita la realidad en el tradicional barrio del Rímac. Por lo menos de cinco y media a ocho de la mañana.

Pero -porque siempre hay un pero en toda historia**- no todo podía ser eternamente dulce como el olor de la levadura. Una soleada tarde de verano, mientras atendía a su ya por entonces frondosa clientela, la china Soila perdió por un momento la sonrisa al percatarse de una globular silueta que acaparaba casi toda la entrada de su negocio.

- Señola, no deja pasal ni luz de sol -dijo la china Soila, palabras que casi se le escabulleron de su boca cuando todavía no se había repuesto por el tamaño de su nueva y sorpresiva clienta.

Toda la gente en la Nueva Terpsícore rompió a carcajadas. Claro, todos menos Raquel, que era quien se encontraba en ese momento atravesando por primera vez el umbral de la panadería. La pobre mujer había salido unos minutos antes de su casa con las mejores intenciones de conocer a su nueva vecina y agregar un ítem más a su agenda del barrio.

- Delia, ¿dónde compraste este pan? -le había dicho Raquel a su hija unos minutos antes.
- En la panadería de la china, mamá. ¿Por?
- Está buenazo. Habrá que conocer a la nueva vecina.
- Esa china es un mate de risa, mamá. Tiene su gracia. Y su pan es buenazo.
- Bueno, pues, iré a conocerla entonces. Ya vuelvo.

Raquel regresó a su casa, obvia y profundamente ofuscada. Fue entonces cuando acuñó el característico «china maldita» con el que se referiría a Soila de ahora en adelante.

- China maldita, ¿quién se ha creído?

Delia se río -aunque tiempo después admitiría que no sin sentirse culpable- de lo que le pasó a su mamá. «De repente no quiso decir eso, no habla muy bien el castellano» le dijo a su madre, tratando de relajar los exaltados ánimos de su progenitora.

Sin embargo, una nueva era había empezado en aquel tradicional barrio del Rímac, una época que estaría marcada (por lo menos para Raquel y Soila) por las batallas que diariamente enfrentaban a las dos mujeres en el local de la Panadería La Nueva Terpsícore.

- China maldita... Si su pan no estuviera tan bueno.

(continuará...)



* Gracias a Diana por la idea. Esta historia está dedicada a todos mis compañeros practicantes de El Comercio: Sonia, Sandra D., Sandra O., Diana, Laurita, Anika, Luis, Christian y Oscar.
** Parafraseando a François Valleys.

miércoles, 25 de julio de 2007

More than meets the eye: acerca de la película Transformers, dirigida por Michael Bay

Creo que jamás había esperado tan pocos días (menos de una semana) después del estreno de una película para ir verla. Quizá, si el Destino me es (des)favorable, algún día conozca a Bruno Pinasco y él me pueda explicar (ya que no creo que haya sido por las puras -espero- que se ha paseado por todo el mundo haciendo un programa de cine) por qué los estrenos cinematográficos son casi siempre en jueves.

El punto es que ni el día del estreno (jueves 19 de julio de 2007) ni en los que vinieron hasta el lunes que le siguió -inclusive-, pude ir a ver la película en cuestión por una serie de razones que no vienen al caso. En fin, debo decir que ni para la tercera entrega de la nueva trilogía de Star Wars (mi único fanatismo confeso y ex profeso) esperé tan poco tiempo como para ver la promocionada Transformers de Michael Bay.

Para esto, varios de mis amigos (bueno, tres en realidad) ya habían visto la película y sus apreciaciones sobre ésta habían sido tan profundamente apologéticas que por poco (si es que en realidad sí lo hicieron y mi mente ha bloqueado ese recuerdo traumático para poder seguir considerándolos mis amigos) me la refieren como la mejor película de la historia del cine.

Para ser sincero, debo confesar que estaba bastante ansioso por ver el dichoso film, a pesar de que se trataba, después de todo, de un film de lejos bastante ceñido a los paradigmas hollywoodenses. Crecí viendo, entre otros dibujos animados, a los Transformers y aquella serie es una de las responsables de la (por muchos considerada deplorable y hasta insufrible) retrospección infantil en la que mi imaginación, mi mente y mi accionar en general caen e impenitentemente reinciden incontables veces al día. Por lo mismo, es probable que deba confesar que -por lo menos de manera inconsciente- este es uno de los live-action films que más he esperado desde mi niñez*.

Así que una tarde de martes, saliendo del trabajo (un día poco productivo para el que le interese), decidí no posponer más mi encuentro con la versión en CGI de los Transformers. Había tenido una comisión de última hora (la cual irónicamente no saldría publicada) que por poco y me hace llegar tarde a la película. Para mi buena suerte, el cine quedaba a escasas tres cuadras, así que hasta tuve tiempo (el justo) para comprar canchita y todo. Sin embargo, y como estaba apurado, me compré el combo más grande porque fue lo primero que se me ocurrió y, como fui solo, tuve que acabarme el pop corn gigante con las dos gaseosas igual de gigantes yo solito. Sí, por pura gula.

Y bueno, entré a la sala cuando estaban pasando los trailers promocionales de los próximos estrenos. Qué bueno, no me había perdido de nada. Me senté y, finalmente, empezó el film.

Si bien nunca antes había escuchado la voz de Optimus Prime en inglés, la elección que hicieron para esta película me pareció simplemente genial. Se trataba de una voz memorable per se, tal como también lo son la de Darth Vader en la versión original de Star Wars (interpretada por James Earl Jones) o la de Homero Simpson en la traducción para Latinoamérica (obviamente la que estuvo a cargo de Humberto Vélez). Algún tiempo después me enteraría de que Peter Cullen fue la voz original del líder de los Autobots también en la serie animada de los años ochentas.

Sin embargo, a parte de la voz de Optimus Prime, muy poco o nada más de rescatable habría de encontrar en esta película. Por ejemplo, si bien las peleas entre Autobots y Decepticons son secuencias muy bien logradas (en algunos casos, espectaculares), son muy pocas para una película que tiene (o debería tener, por lo menos) como eje principal a robots gigantes metamórficos que han luchado cruentamente (evidentemente no estoy hablando en sentido biológico) por la conquista del poder del Universo desde que el tiempo es tiempo.

No es así. Por el contrario, Transformers de Michael Bay se centra en la historia de un personaje-cliché adolescente presumiblemente virgen (así es, uno de los mayores estigmas de cualquier adolescente varón nacido en los Estados Unidos) y víctima de las burlas de toda su escuela.

Y, sí, si es que de clichés se trata, los gringos son campeones. Ad exemplum, los amigos negros de la experta en detección de señales Maggie Madsen (Rachael Taylor) son graciosos en tanto uno suprima cualquier intento de reflexión inteligente acerca de lo humorístico en tanto original. Con esto quiero decir que las situaciones protagonizadas por los dos hermanos Whitmann (en especial por Glen, caracterizado por Anthony Anderson) se deben disfrutar sólo con el arquiencéfalo para causar risa en un público con un CI de más de 100.

En algunos casos, incluso los clichés llegan a ser profundamente hirientes. Tal es el caso del vendedor de autos Bobby Bolivia. En este caso, el prejuicio etnocentrista y xenófobo de los guionistas de Transformers de Michael Bay no se plasmó en el comportamiento en general del personaje, sino que fue condensada en la broma que hace el propio Bolivia acerca de su apellido**. Y lo peor de todo es que casi toda la gente en la sala de cine se rió de esa cruel broma, probablemente sin tener en cuenta que, para los gringos, al sur de su frontera todos somos "mexicans" y que esa ofensa no estuvo dirigida sólo a un país sino a todos aquellos territorios del Nuevo Mundo que tienen una lengua romance como idioma oficial.

Tampoco faltaron los errores argumentales en esta película, pero por falta de tiempo y por alejarse del sentido de este post no los comentaré hoy. Aunque -he de confesarlo- fueron pocos (yo sólo pude detectar un par, si es que no uno solo).

Así, pues, Transformers de Michael Bay falla sobre todo por no haber sabido encauzar su trama hacia algo más interesante que un melodrama adolescente teñido con trazas de tecnología alienígena. Falla también por haber caído nuevamente en el facilismo de las fórmulas hollywoodenses a la hora de buscar la risa o la admiración del espectador. Finalmente, ésta falla además por correr.

Sí, no sólo los Autobots corren en esta entrega fílmica, sino que el ritmo de la película es en sí acelerado. Mientras la veía no pude evitar la sensación de que las escenas habían sido recortadas, quizá por cuestión de costos o de estándares fílmicos de la industria cinematográfica gringa, basada en satisfacer a un público acostumbrado a no pensar e incapaz de soportar más de dos horas seguidas de sensaciones visuales sin caer en la abulia y el hastío de aquel que sólo traga sin saborear.

En fin, quizá esto último no haya sido culpa de Michael Bay sino de los nunca bien ponderados productores de Hollywood. Pero bueno, para eso tendré que esperar una ulterior versión del director en DVD (si es que Bay es efectivamente inocente de este cargo), aunque sinceramente considere -confieso que no sin pesar- que el mejor destino para la versión live-action de los héroes robóticos de mi niñez sea las profundidades submarinas que fueran la morada final de Megatron en esta película.



* Otras de las series que algún día me gustaría ver plasmandas en la pantalla grande e interpretadas por actores de carne y hueso son Thundercats, Robotech y Super Agente Cobra.
** «Mi nombre es Bobby Bolivia, como el país pero sin la diarrea».

miércoles, 13 de junio de 2007

Otra oportunidad perdida

El día de ayer al mediodía fueron dados a conocer los nombres de los finalistas del concurso "Bandas de Garage" de Studio 92. Antes, sin embargo, de que empiece mi descarga en contra de la radioemisora, quisiera dejar bien en claro que este post no está sesgado ni ha sido filtrado por herida alguna inflingida en mi orgullo musical, puesto que mi grupo NMJ participó y no clasificó.

Para empezar, ¿qué es una banda de garage? Según Wikipedia se trata, antes que todo, de un «grupo de músicos amateur de rock and roll». En palabras más sencillas, es ROCK ejecutado por músicos no profesionales, señores, de lo que estamos hablando aquí: el rock pop es sólo una de sus variantes y, a título personal, la más patética y deplorable. Más que un subgénero, el rock pop es, siempre bajo mi humilde perspectiva, un infragénero facilón y aburrido.

He aquí la primera falacia que encontramos en las bases del concurso de Studio 92, al nombrar su concurso como "Bandas de Garage", para luego restringir el universo de agrupaciones musicales aptas para participar sólo a aquellas que interpretan rock pop, reduciendo así -podría incluso aventurarme a decir que eliminando- cualquier posibilidad de descubrir o fomentar el talento y la originalidad en las bandas participantes.

Y, aun así, muchos de nosotros decidimos (ingenuamente) ingresar en el mentado concurso. Repasando los videos encontramos bandas interpretando desde el más empalagoso emo/punk melódico hasta el más deprimente stoner metal. Tropezar con bandas del primer tipo es fácilmente comprensible, debido a la popularidad que goza este género, sobre todo entre los más de los imberbes (hecho que reduce notablemente mis esperanzas en la juventud).

La situación de la banda de stoner metal (sólo pude "disfrutar" de un video del tipo, afortunadamente), sin embargo, podría tildarse hasta de desubicada, ya que de lo que estamos hablando aquí es, finalmente, de un concurso organizado por STUDIO 92 y hasta la ingenuidad tiene sus límites, luego de lo cual se cruza la delgada línea que la separa de la estupidez. No obstante, puede tomarse este caso de manera bastante ilustrativa para comprender hasta qué punto "Bandas de Garage" despertó expectativas dentro de la escena musical local, sin distinción de género, raza o talento musical.

Y, bueno, está también la cuestión del "jurado" al cual, por cierto, nadie conoce hasta el momento. Es ese, precisamente, el meollo del asunto: nuevamente las bases se prestan para atentar contra toda posibilidad de que este concurso se hubiera convertido verdaderamente en fuente de apoyo para los nuevos talentos, ya que de los jueces sólo se dijo qué serían (un representante de una disquera, un cantante profesional, un manager de artistas y el jefe de programación de Studio 92.), nunca quiénes.

Salvando las distancias -y con todo el respeto que me merecen las VÍCTIMAS (y sólo ellas) de la violencia política de las dos décadas pasadas- estamos frente a un escenario equivalente al de los jueces sin rostro del fujimorato y hasta podría decirse que mucho peor incluso, por lo menos para efectos del concurso motivo de este post, puesto que de los fueros antiterroristas en cuestión siquiera podía contarse el número y saber que se trataba, en efecto, de personas de carne y hueso.

Y, finalmente*, está el hecho de que las bandas finalistas fueron escogidas sólo entre los audios que fueron subidos al servidor de Studio 92. ¿Y los videos? ¿No se trataba, acaso, de un concurso de VIDEOCLIPS? Es muy extraño que algunas semanas después de iniciado el concurso fuera recién instaurada la disposición de que también podían participar audios y que fuera de entre éstos, precisamente, de donde salieron los grupos que lograron clasificar a la final.

Con todo, el próximo jueves 13 de julio se elegirá al ganador de "Bandas de Garage" entre cinco finalistas que -y creo que muchos comparten mi opinión- no vale la pena escuchar por más de 2 segundos. Oír sus temas -por lo menos los que eligieron para participar en el concurso- por un lapso mayor es arriesgarse a sufrir una severa decepción -para los que no están ya decepcionados, como yo, desde hace mucho tiempo- respecto a lo que la industria musical quiere, desde hace demasiado tiempo, poner en nuestros oídos.

A estas alturas ya no me interesa en lo más mínimo saber cuál fue, finalmente, la agrupación ganadora. Escuchar a una de las cinco bandas finalistas es como escucharlas a todas: así de aburridas, pusilánimes y prefabricadas son las canciones que el "jurado" se encargó de elegir, dejando fuera de carrera a propuestas más prometedoras, originales y, sobre todo, verdaderamente rockeras.



* Además de todo esto, se rumorea que varias de las bandas clasificadas (si es que no todas) no serían amateur. Una de ellas incluso habría grabado un single promocional con la productora FMO, lo que debería haberla descalificado inmediatamente.

sábado, 26 de mayo de 2007

Sepa Usted...

... que no es cierto que el conocimiento nos haga libres, o que esa no es, por lo menos, la verdad completa. Si bien es evidente que aquel nos abre muchas puertas, es también cierto que nos cierra otras tantas, debido a la frustración que se desprende de ser conscientes de nuestras propias limitaciones*. Es un hecho, tanto que incluso ha sido plasmado en uno de los mitos de origen más difundidos de la humanidad, el del génesis judeocristiano. Así, el discernimiento de lo bueno y lo malo -que bien podría definirse como la más fundamental de todas las sabidurías del mundo en que vivimos- nos quitó más de lo que nos otorgó, puesto que nos hizo caer por siempre jamás de la gracia divina y nos supeditó a nuestra frágil y mortal humanidad. ¿Y qué ganamos al comer aquella manzanita dichosa? De manera inmediata, sólo saber que andar calatos por el mundo es malo**. Ni siquiera es posible saber si Adán y Eva disfrutaron degustando el mentado fruto, porque sobre su sabor nadie ha escrito nada.

A parte del conocimiento del mundo que nos rodea, también nos condena la conciencia. No me refiero con esto a la "vocecita interior", al Pepe Grillo de Pinocho, al angelito sobre el hombro derecho. No, esa es la clase de conciencia a la que -lamentablemente- es más fácil hacer oídos sordos. A lo que se hace alusión en estas palabras es al conocimiento que se tiene de uno mismo, a la endoimagen que nos devuelve el ejercicio de la introspección y el autoanálisis, al ratón o al león que aparece ante nuestros ojos al mirarnos al espejo.

Se trata, pues, de la conciencia del ser, del nuestro propio, la que nos condena. Porque los hombres somos seres insatisfechos y por lo mismo siempre queremos más de lo que buena o malamente determina nuestra individualidad. Conscientes de qué se nos ha otorgado y qué ha sido arrebatado de nuestro derecho de ser, podemos soñar que volamos, pero también estrellarnos de bruces contra el suelo cuando nuestras aspiraciones son tan irrealizables como irreales fueron siempre nuestras alas***.

La conciencia de lo que somos es parte de nuestra condición humana, inherente a nuestra pertenencia al género taxonómico homo, desde la primera vez que nuestros antepasados reconocieron, sobrecogidos, su propio reflejo en un espejo de agua. Desde entonces hemos buscado -vanamente- entendernos, hemos sido vanidosos narcisos frente a nuestras virtudes y sufridos mártires ante nuestros defectos.

Dicha conciencia del ser, como lo dije antes, es una característica propia -por lo menos hasta donde alcanza a probar la ciencia- de nuestra especie, o por lo menos lo son nuestras insufribles actitudes de satisfacción o insatisfacción que de ella derivan. Sobre este punto retornaré en un momento.

Ahora bien, en el mismo sentido podemos hablar del conocimiento que se deriva de nuestra libertad de elección, entiéndase ésta por la que la tradición filosófica y teológica establece en tanto que el hombre es libre porque posee la capacidad del discernimiento, el elegir a sabiendas de lo que se está eligiendo (por lo menos creyendo que se lo hace).

Innegablemente, esta facultad es producto del uso de nuestra Razón (la base de todo conociminento en su sentido ilustrado), nos dice la tradición y concuerdo en esto con ella. ¿Es el discernimiento, sin embargo, fuente de libertad?

Ahora bien, todo esto implica que ya existe conocimiento previo -o por lo menos debería existir tal- a nuestra apuesta por alguna de las opciones mutuamente excluyentes que nos presenta la vida cada tanto, y que será dicho conocimiento el que nos orientará hacia el camino que habremos de elegir.

Así, al saber lo que estamos eligiendo se nos otorga el placer de disfrutar el camino correcto o la amargura de soportar el sendero incorrecto. Exclusivamente humanas como son estas actitudes frente a la elección, no sorprende -retomando lo que mencioné líneas arriba- que un perro no se queje por tener un amo perverso o un cocodrilo por comer una presa en un estado demasiado avanzado de putrefacción, o que un halcón no celebre el haber conseguido atrapar la presa más escabullidiza o un tiburón por acertar todas de todas en su caza nocturna.

Lo que, también es cierto, jamás veremos fuera del ámbito humano es el desprecio de la propia condición. Es más, cualquier clase de apreciación sobre uno mismo, repito, se remite -de manera comprobada y sólo para complacer al antropocéntrico cientificismo del hombre- a una sola especie: el homo sapiens sapiens. Autoensalzarnos o autodenigrarnos nos priva de la libertad de la ignorancia que caracterizan al resto de seres vivientes. Se nos ha privado del derecho a no saber de lo que no somos capaces****, a vivir simplemente y no preocuparnos del mañana, o sufrir por el ayer, o lamentarnos por la leche derramada.

En palabras de Thomas Gray, ignorance is bliss. Los hombres, sin embargo, somos seres malditos desde Adán y Eva.



* El positivismo no sería, pues, sino un sano pesimismo, pero desfigurado bajo la luz de la Ilustración.
** ¡Oh, moral, si tan sólo me dejaras respirar del aire tranquilo de desconocer mis propios errores, aunque debiera para esto abandonar el empalagoso perfume de mis aciertos!
*** Nada mejor para ejemplificar mi perspectiva en este punto que la harto conocida fábula de la tortuga y el águila, que reproduzco a continuación. Léase sin ánimos moralistas:
La tortuga miraba al águila con envidia. Ella se arrastraba siempre lentamente por el suelo, en tanto que el águila levantaba vuelo cuando lo deseaba. Los picos de las montañas no tenían secretos para ella. Y la tortuga sufría, porque apenas si alcanzaba a verlos des de abajo. Un día se propuso volar y pidió al águila que le enseñara.
- ¡Imposible! - respondió ésta -. No podrías hacerlo nunca ¡No has nacido para eso!
- No seas tan vanidosa -replicó la tortuga-. Si tú puedes, yo también podré. ¿Acaso eres mucho más que yo?
Y así una y otra vez, hasta que el águila accedió, cansada de oírla presumir. Para empezar la lección, la tomó entre sus garras y se lanzó al espacio. Pasaron por entre las montañas y llegaron hasta las nubes más altas.
- ¡Suéltame ahora, y verás cómo vuelo! - gritó la tortuga.
Obedeció el águila y la pobre tortuga cayó sobre las rocas de la montaña, dándose un golpe tan terrible que se mató.
(Tomado de http://silviaenlacocina.blogcindario.com/2006/01/00799-el-aguila-y-la-tortuga.html).
**** No pretendo ser pesimista, sólo considero que esa es una natural e inevitable consecuencia de saber lo que sí está dentro de nuestras posibilidades.

viernes, 27 de abril de 2007

Gajes de la lengua y trauma ocular

Tengo una vista pésima. Fui al oculista por primera vez a los 12 años, sin adulto responsable alguno que me acompañase. Tras examinarme, aquel desconocido, sin una pizca de escrúpulos ante la indefensa ignorancia del púber que tenía frente a él, se atrevió a diagnosticarme un cuadro de miopía múltiple combinada con astigmatismo avanzado. Cuál habrá sido la expresión de terror indescriptible en que devino mi rostro al oír los resultados de mi examen, que el doctor me preguntó alarmado si me pasaba algo malo.

- ¿Voy a morir, doctor? -le respondí balbuceando.
- Ja, ja, no, hijo -me respondió de manera calmada (demasiado para el frágil estado de ánimo en que me encontraba ese momento).
- Entonces, ¿voy a quedarme ciego? -dije casi sollozando.
- Ja, ja, mucho menos.

Creo que el juramento hipocrático debería contemplar, entre otras cosas, también el no matar del susto a los pacientes con los palabras usadas para exponerles las diagnosis. Imaginen, por ejemplo, tamaña taquicardia que ha de provocársele a un pobre y gordito cardíaco si su doctor le comunica, sin más, que padece de faringoamigdalitis estreptocócica crónica, en vez de decirle que lo que tiene es un común dolor de garganta que se cura con megacilina y naproxeno. Eso es algo tan brutal que hasta debería calificársele de mala praxis.

- Entonces, doctor, ¿qué es lo que tengo? ¡Dígamelo, no me mienta!
- Nada, hijo, cálmate. Sólo tienes miopía y astigmatismo, con medidas diferentes en ambos ojos.

Llevo lentes de aumento desde entonces y, en teoría, debería quitármelos sólo para dormir. En la práctica, sin embargo, los uso solamente para ver televisión, leer y estar frente a la computadora. En otras palabras, no los uso cada vez que los necesito, sino cada vez que se me antoja creer que los necesito.

He de admitir también que soy bastante descuidado con mis anteojos. A estas alturas de mi cegatona vida debo haber posado en mi nariz casi dos decenas de pares de lentes diferentes, aunque a ciencia cierta he roto y perdido tantos que ya perdí la cuenta. Hace unas semanas quebré uno de mis cristales (era en realidad de resina, irrompible en teoría, por lo que hasta ahora no me explico cómo pudo pasar eso), así que tuve que ir a la óptica, otra vez, ya que sólo me doy cuenta de que realmente necesito mis lentes cuando no tengo unos que ponerme.

Me realizaron los procedimientos de rutina y todo acontecía con relativa normalidad, hasta que el encargado me dijo «vamos a medirte la vista bien para que puedas ver más mejor».

No sé si habrá sido culpa de las personalidades casi patológicas de varias de las profesoras de castellano que tuve en el colegio -desde Ena y las quiméricas historias de su vida hasta la incomprendida Nancy que salía del salón y se perdía en el pasillo sin dejar de dictar la clase, sin olvidar a Gladys y su extraño (demasiado) sentido del humor-, pero tengo una obsesión casi compulsiva por el uso correcto de mi idioma materno, el castellano.

Escuchar a la persona a quien estoy confiando la salud de mis ojos decir «más mejor» fue una experiencia chocante. Me sentí nuevamente de 12 años, amenazado e indefenso, ya no frente al exceso de conocimiento (traducidos en la ininteligibilidad del lenguaje que aquel primer oculista de mi pasado utilizó para transmitírmelo), sino ante la -por lo menos aparente- ausencia total de éste.

Tal es el nivel al que llega mi fijación por el adecuado uso de mi idioma, tanto que me hace horrorizarme cada vez que escucho a un cobrador decir «avanza para atrás», que me crispa los nervios cuando leo en la parte trasera de una combi aquel emblemático "ya fuistes", que me henchina la piel siempre que me encuentro frente a un puesto de "sanduis" y me debato en el dilema ético de no comer en un sitio donde ni siquiera saben escribir el nombre de lo que -en el mejor de los casos- ofrecen, o saciar mi hambre con el único y miserable Nuevo Sol que tengo en ese momento para comprar mi comida del día, debido a mi escaso y recientemente adquirido sueldo de, nisiquiera periodista, sino practicante de periodismo.