sábado, 26 de mayo de 2007

Sepa Usted...

... que no es cierto que el conocimiento nos haga libres, o que esa no es, por lo menos, la verdad completa. Si bien es evidente que aquel nos abre muchas puertas, es también cierto que nos cierra otras tantas, debido a la frustración que se desprende de ser conscientes de nuestras propias limitaciones*. Es un hecho, tanto que incluso ha sido plasmado en uno de los mitos de origen más difundidos de la humanidad, el del génesis judeocristiano. Así, el discernimiento de lo bueno y lo malo -que bien podría definirse como la más fundamental de todas las sabidurías del mundo en que vivimos- nos quitó más de lo que nos otorgó, puesto que nos hizo caer por siempre jamás de la gracia divina y nos supeditó a nuestra frágil y mortal humanidad. ¿Y qué ganamos al comer aquella manzanita dichosa? De manera inmediata, sólo saber que andar calatos por el mundo es malo**. Ni siquiera es posible saber si Adán y Eva disfrutaron degustando el mentado fruto, porque sobre su sabor nadie ha escrito nada.

A parte del conocimiento del mundo que nos rodea, también nos condena la conciencia. No me refiero con esto a la "vocecita interior", al Pepe Grillo de Pinocho, al angelito sobre el hombro derecho. No, esa es la clase de conciencia a la que -lamentablemente- es más fácil hacer oídos sordos. A lo que se hace alusión en estas palabras es al conocimiento que se tiene de uno mismo, a la endoimagen que nos devuelve el ejercicio de la introspección y el autoanálisis, al ratón o al león que aparece ante nuestros ojos al mirarnos al espejo.

Se trata, pues, de la conciencia del ser, del nuestro propio, la que nos condena. Porque los hombres somos seres insatisfechos y por lo mismo siempre queremos más de lo que buena o malamente determina nuestra individualidad. Conscientes de qué se nos ha otorgado y qué ha sido arrebatado de nuestro derecho de ser, podemos soñar que volamos, pero también estrellarnos de bruces contra el suelo cuando nuestras aspiraciones son tan irrealizables como irreales fueron siempre nuestras alas***.

La conciencia de lo que somos es parte de nuestra condición humana, inherente a nuestra pertenencia al género taxonómico homo, desde la primera vez que nuestros antepasados reconocieron, sobrecogidos, su propio reflejo en un espejo de agua. Desde entonces hemos buscado -vanamente- entendernos, hemos sido vanidosos narcisos frente a nuestras virtudes y sufridos mártires ante nuestros defectos.

Dicha conciencia del ser, como lo dije antes, es una característica propia -por lo menos hasta donde alcanza a probar la ciencia- de nuestra especie, o por lo menos lo son nuestras insufribles actitudes de satisfacción o insatisfacción que de ella derivan. Sobre este punto retornaré en un momento.

Ahora bien, en el mismo sentido podemos hablar del conocimiento que se deriva de nuestra libertad de elección, entiéndase ésta por la que la tradición filosófica y teológica establece en tanto que el hombre es libre porque posee la capacidad del discernimiento, el elegir a sabiendas de lo que se está eligiendo (por lo menos creyendo que se lo hace).

Innegablemente, esta facultad es producto del uso de nuestra Razón (la base de todo conociminento en su sentido ilustrado), nos dice la tradición y concuerdo en esto con ella. ¿Es el discernimiento, sin embargo, fuente de libertad?

Ahora bien, todo esto implica que ya existe conocimiento previo -o por lo menos debería existir tal- a nuestra apuesta por alguna de las opciones mutuamente excluyentes que nos presenta la vida cada tanto, y que será dicho conocimiento el que nos orientará hacia el camino que habremos de elegir.

Así, al saber lo que estamos eligiendo se nos otorga el placer de disfrutar el camino correcto o la amargura de soportar el sendero incorrecto. Exclusivamente humanas como son estas actitudes frente a la elección, no sorprende -retomando lo que mencioné líneas arriba- que un perro no se queje por tener un amo perverso o un cocodrilo por comer una presa en un estado demasiado avanzado de putrefacción, o que un halcón no celebre el haber conseguido atrapar la presa más escabullidiza o un tiburón por acertar todas de todas en su caza nocturna.

Lo que, también es cierto, jamás veremos fuera del ámbito humano es el desprecio de la propia condición. Es más, cualquier clase de apreciación sobre uno mismo, repito, se remite -de manera comprobada y sólo para complacer al antropocéntrico cientificismo del hombre- a una sola especie: el homo sapiens sapiens. Autoensalzarnos o autodenigrarnos nos priva de la libertad de la ignorancia que caracterizan al resto de seres vivientes. Se nos ha privado del derecho a no saber de lo que no somos capaces****, a vivir simplemente y no preocuparnos del mañana, o sufrir por el ayer, o lamentarnos por la leche derramada.

En palabras de Thomas Gray, ignorance is bliss. Los hombres, sin embargo, somos seres malditos desde Adán y Eva.



* El positivismo no sería, pues, sino un sano pesimismo, pero desfigurado bajo la luz de la Ilustración.
** ¡Oh, moral, si tan sólo me dejaras respirar del aire tranquilo de desconocer mis propios errores, aunque debiera para esto abandonar el empalagoso perfume de mis aciertos!
*** Nada mejor para ejemplificar mi perspectiva en este punto que la harto conocida fábula de la tortuga y el águila, que reproduzco a continuación. Léase sin ánimos moralistas:
La tortuga miraba al águila con envidia. Ella se arrastraba siempre lentamente por el suelo, en tanto que el águila levantaba vuelo cuando lo deseaba. Los picos de las montañas no tenían secretos para ella. Y la tortuga sufría, porque apenas si alcanzaba a verlos des de abajo. Un día se propuso volar y pidió al águila que le enseñara.
- ¡Imposible! - respondió ésta -. No podrías hacerlo nunca ¡No has nacido para eso!
- No seas tan vanidosa -replicó la tortuga-. Si tú puedes, yo también podré. ¿Acaso eres mucho más que yo?
Y así una y otra vez, hasta que el águila accedió, cansada de oírla presumir. Para empezar la lección, la tomó entre sus garras y se lanzó al espacio. Pasaron por entre las montañas y llegaron hasta las nubes más altas.
- ¡Suéltame ahora, y verás cómo vuelo! - gritó la tortuga.
Obedeció el águila y la pobre tortuga cayó sobre las rocas de la montaña, dándose un golpe tan terrible que se mató.
(Tomado de http://silviaenlacocina.blogcindario.com/2006/01/00799-el-aguila-y-la-tortuga.html).
**** No pretendo ser pesimista, sólo considero que esa es una natural e inevitable consecuencia de saber lo que sí está dentro de nuestras posibilidades.

viernes, 27 de abril de 2007

Gajes de la lengua y trauma ocular

Tengo una vista pésima. Fui al oculista por primera vez a los 12 años, sin adulto responsable alguno que me acompañase. Tras examinarme, aquel desconocido, sin una pizca de escrúpulos ante la indefensa ignorancia del púber que tenía frente a él, se atrevió a diagnosticarme un cuadro de miopía múltiple combinada con astigmatismo avanzado. Cuál habrá sido la expresión de terror indescriptible en que devino mi rostro al oír los resultados de mi examen, que el doctor me preguntó alarmado si me pasaba algo malo.

- ¿Voy a morir, doctor? -le respondí balbuceando.
- Ja, ja, no, hijo -me respondió de manera calmada (demasiado para el frágil estado de ánimo en que me encontraba ese momento).
- Entonces, ¿voy a quedarme ciego? -dije casi sollozando.
- Ja, ja, mucho menos.

Creo que el juramento hipocrático debería contemplar, entre otras cosas, también el no matar del susto a los pacientes con los palabras usadas para exponerles las diagnosis. Imaginen, por ejemplo, tamaña taquicardia que ha de provocársele a un pobre y gordito cardíaco si su doctor le comunica, sin más, que padece de faringoamigdalitis estreptocócica crónica, en vez de decirle que lo que tiene es un común dolor de garganta que se cura con megacilina y naproxeno. Eso es algo tan brutal que hasta debería calificársele de mala praxis.

- Entonces, doctor, ¿qué es lo que tengo? ¡Dígamelo, no me mienta!
- Nada, hijo, cálmate. Sólo tienes miopía y astigmatismo, con medidas diferentes en ambos ojos.

Llevo lentes de aumento desde entonces y, en teoría, debería quitármelos sólo para dormir. En la práctica, sin embargo, los uso solamente para ver televisión, leer y estar frente a la computadora. En otras palabras, no los uso cada vez que los necesito, sino cada vez que se me antoja creer que los necesito.

He de admitir también que soy bastante descuidado con mis anteojos. A estas alturas de mi cegatona vida debo haber posado en mi nariz casi dos decenas de pares de lentes diferentes, aunque a ciencia cierta he roto y perdido tantos que ya perdí la cuenta. Hace unas semanas quebré uno de mis cristales (era en realidad de resina, irrompible en teoría, por lo que hasta ahora no me explico cómo pudo pasar eso), así que tuve que ir a la óptica, otra vez, ya que sólo me doy cuenta de que realmente necesito mis lentes cuando no tengo unos que ponerme.

Me realizaron los procedimientos de rutina y todo acontecía con relativa normalidad, hasta que el encargado me dijo «vamos a medirte la vista bien para que puedas ver más mejor».

No sé si habrá sido culpa de las personalidades casi patológicas de varias de las profesoras de castellano que tuve en el colegio -desde Ena y las quiméricas historias de su vida hasta la incomprendida Nancy que salía del salón y se perdía en el pasillo sin dejar de dictar la clase, sin olvidar a Gladys y su extraño (demasiado) sentido del humor-, pero tengo una obsesión casi compulsiva por el uso correcto de mi idioma materno, el castellano.

Escuchar a la persona a quien estoy confiando la salud de mis ojos decir «más mejor» fue una experiencia chocante. Me sentí nuevamente de 12 años, amenazado e indefenso, ya no frente al exceso de conocimiento (traducidos en la ininteligibilidad del lenguaje que aquel primer oculista de mi pasado utilizó para transmitírmelo), sino ante la -por lo menos aparente- ausencia total de éste.

Tal es el nivel al que llega mi fijación por el adecuado uso de mi idioma, tanto que me hace horrorizarme cada vez que escucho a un cobrador decir «avanza para atrás», que me crispa los nervios cuando leo en la parte trasera de una combi aquel emblemático "ya fuistes", que me henchina la piel siempre que me encuentro frente a un puesto de "sanduis" y me debato en el dilema ético de no comer en un sitio donde ni siquiera saben escribir el nombre de lo que -en el mejor de los casos- ofrecen, o saciar mi hambre con el único y miserable Nuevo Sol que tengo en ese momento para comprar mi comida del día, debido a mi escaso y recientemente adquirido sueldo de, nisiquiera periodista, sino practicante de periodismo.

viernes, 30 de marzo de 2007

Amanda

Amanda ha redescubierto el dolor. ¿Por qué no muestran la cara ahora todos aquellos que defienden el sufrimiento como vía de liberación del espíritu? El masoquismo es y será siempre una perversión antinatural, no importa si quien lo practique sea un diplomático del Medio Oriente o una venerada santa colonial. Y para mí, que aún me cuento entre aquellos que creen que el cuerpo siente dolor sólo porque busca evitarlo, ver sufrir a Amanda me sobrecoge.

Casi todo el tiempo duerme, Amanda. En la penumbra de su letargo encuentra refugio de la agonía que padece cada vez que abre los ojos. Cuando lo hace, teñidas de un amarillo enfermo y perturbador, las escleróticas de Amanda me muestran con la violencia de un puñetazo cómo se derrumba el templo de su cuerpo por entero y, en un acto de cobardía, evado su mirada por un momento y miro al suelo, aunque luego recuerdo para qué me encuentro en esa habitación y le ofrezco nuevamente mis ojos, y también mi sonrisa fachosa pero sincera.

Amanda debe pesar ahora apenas unos treinta kilos, algo así como Jessica a los 9 años. La fragilidad del cuerpo quebrado de Amanda no es, sin embargo, ni de lejos ni de broma equiparable a la robusta niñez de su hija. Parecen lejanos y eternos aquellos años en que veía regresar a sus dos pequeños del colegio en las tardes perpetuamente calurosas de Sullana. Jessica y Jean, con el uniforme sucio por las calles terrosas de su ciudad y el sudor escurriendo por sus rojizas mejillas infantiles, fueron los primeros de toda una nueva generación Correa. No son, afortunadamente, los únicos que le darán la reputación a todos los que, contemporáneos con ellos, compartimos de alguna manera el orgullo de llevar ese apellido.


* * *
La habitación donde descansa Amanda es austera y casi tan desvalida como ella. El estado de debilidad en que se encuentra Amanda me hace pensar en si alguna vez abandona aquella cama. Me cuesta pensar que sus piernas socavadas por el cáncer puedan soportar el peso de su cuerpo, aunque este sea cada vez más escaso. En medio del cuarto, un balde. Atravieso la puerta y la veo dormir, con la aguja de la sonda penetrando en la piel cetrina de su brazo. Su esposo Segundo intenta despertarla con un susurro, pero desde una distancia -para el caso- tan excesiva que parece no querer en verdad acabar con su sueño.

La expresión oprimida en el rostro de Amanda, sin embargo, me hace pensar que en el fondo ya hace bastante tiempo que no duerme bien. Basta sólo el ligero sonido de la voz de Segundo para que Amanda abra sus ojos amarillentos y, casi sin tiempo para atisbar quiénes están en este momento con ella en la habitación, el siempre presente dolor de su vigilia la obliga a devolver el estómago.

Apenas habla Amanda y su esposo le suplica que se vuelva a dormir. Amanda se coloca boca abajo sobre su cama, con las rodillas dobladas bajo su pecho y su cabeza apoyada en sus manos juntas, como quien suplica para que ALGUIEN acabe con su pena. «Parece que así se pone cuando el dolor en su nuca se vuelve insoportable», me dice al oído mi madre, hermana de Segundo, y los tres salimos del cuarto, dejando a la enferma con el peso de su enfermedad y nosotros cargando con la culpa de nuestra impotencia.


* * *

¿Cómo le dices adiós a alguien que, sabes, ha de morir? Me es inevitable pensar que quizá sea ésta la última vez que vea a Amanda, cada vez que la dejo en la casa ajena y extraña donde pasa los últimos días de su vida. Lo más probable es que Amanda haya pensado repetidamente en la proximidad de su fin. Eso puede llegar a ser, después de todo, un alivio hasta cierto punto, cuando se es capaz de recibir la Muerte con resignación o de enfrentarla con valentía.

De hecho, hace algunas semanas Amanda parecía estar en paz con su situación, o por lo menos eso quise deducir de la expresión tranquila que tenía mientras conversábamos, en aquellos días en que su fuerte medicación aún calmaba sus dolores y en que su enfermedad todavía no afectaba la coherencia de sus procesos mentales. Ahora, mientras su estado físico y mental se deteriora, Amanda no llega -afortunadamente- a percibir que en la habitación de al lado se debate el destino de sus bienes en una disputa -no lejos de tornarse cruenta- en la que poco o nada importa su sufrimiento.

Envuelto entre los chismes que siempre corren dentro de una familia, me he visto obligado a tomar partido, he sido casi forzado a mirar con otros ojos a los primos y tíos que pensé conocer desde siempre. Me gustaría entonces decirle -mentirle- a Amanda: «no te preocupes, todo estará bien después de que te vayas: tu marido ha cambiado, tus hijos no pelean por quedarse con tus cosas». Pero Amanda ya no logra comprender el mundo más allá de los dolores que le causa el cáncer.

Pensándolo bien, quizá sea mejor así: por algo dicen que, en algunos casos, la ignorancia es una bendición. Amanda no tiene por qué saber de las movidas dentro de su familia, de cómo su muerte es utilizada para ventilar odios antiguos y subrepticios y ambiciones voraces y enfermizas. Amanda está a punto de morir, no necesita razones para desearlo.

* * *

Así, me despido de Amanda, y jamás como entonces me doy cuenta de que al decirnos "nos vemos" no seamos quizá capaces de cumplir aquella promesa tan sencilla implícita en dos simples palabras de adiós.

P.D.: Hoy Viernes Santo, 6 de abril de 2007, Amanda ha muerto. Gracias por ser inspiración para tanta gente en nuestra familia, tía querida. Te extrañaremos mucho.

sábado, 24 de febrero de 2007

La implacable y deliciosa acción del tiempo sobre las raspadillas

Paseaba yo un sábado por el Barrio Chino, en el centro de Lima. Era la primera vez que transitaba detenidamente por aquella zona: aunque ya anteriormente he hecho diligencias para mi madre que me hubieron llevado a la calle Capón, nunca tuve el tiempo suficiente como para detenerme a observar muchos de los detalles curiosos y característicos de este lugar.

Siempre pensé que al llegar al Barrio Chino vería, a plena luz del día, peleas de pandillas orientales o arreglos de cuentas de la mafia con los comerciantes de la zona, los cuales a duras penas podrían pronunciar una o dos palabras en español. Lo más probable es que, por influencia de la cultura gringa que tengo embutida en mi cabeza debido a las películas y series que he visto desde mi infancia, tal sea la imagen que tengo de este lugar.

La calle Capón y alrededores no se diferenciaban a primera vista del resto de esta gran zona llamada Mercado Central. Tiendas donde vendían desde shampoo para cabello graso hasta papel de filtro para procesos de decantamiento químico, galerías desordenadas atiborradas de productos inverosímiles, y los clásicos ambulantes y pirañitas que hacen tan variopintamente peligrosas las calles de nuestro down town.

Hay algunas cosas, sin embargo, que hacen distintivamente oriental al Barrio Chino: el inmenso Arco estilo pagoda que da la bienvenida a la calle Capón, los adoquines inscritos que tapizan la calzada, los bancos (no las bancas, sino las entidades financieras) de siempre luciendo sus colores característicos pero con sus nombres escritos en cantonés.

Algo, sin embargo, totalmente ajeno a la cultura china fue lo que llamó mi atención en mi jornada quasi oriental en el centro de Lima. A escasos metros del Arco, junto a una farmacia, había una cola de gente que, si me gustara ser exagerado en mis narraciones, describiría como "apocalípticamente larga" o "brutalmente extensa". La escena, sin embargo, la referiré simplemente como "digna de un gobierno aprista", pretendiendo hacerlo estrictamente en sentido histórico y -espero sinceramente- sin ningún afán profético.

La primera vez que pasé junto a ella me pareció algo curioso, pero no le presté mayor atención. Pensé por un momento que quizá se tratara de la cola para comprar en la farmacia, y en uno de mis usuales desvaríos aluciné que tal vez estábamos atravesando una pandemia de dimensiones globales y yo no me había enterado, pero luego me distraje por el hambre y entré a comer a un chifa.

Estuvo rica la comida, pero creo que se me ha achicado el estómago porque apenas si pude acabarme los dos platos. Salí del local y, cuando estaba ya a punto de retirarme del Barrio Chino, sentí algo en mi espalda. Era una de las vendedoras de las galerías haciéndome una demostración -de lejos no solicitada- de un masajeador de mano, un aparejo bastante extraño que parecía una araña con demasiadas patas, con sendas esferas de jebe en los extremos de las mismas.

Casi le pido a aquella mujer que se case conmigo. No recuerdo su rostro, ni su cuerpo, ni su forma de hablar. No recuerdo su forma de vestir, ni el color del tinte de su pelo, ni el perfume que llevaba puesto. Sólo recuerdo el momento en que me colocó el masajeador en los hombros. Esa sensación fue suficiente -por lo menos durante un breve instante- para desear que esa mujer pasara el resto de su vida conmigo. Afortunadamente (no sabría decir si para ella o para mí), retiró el aparato aquel y me dejó nuevamente sumido en medio de la orientalidad de chifa de la calle Capón.

* * *

La cola, ya la había olvidado. Esta vez, cuando, al pasar junto a ella, su notoria existencia volvía a atraer mi atención, pude sí percatarme de cuál era la causa de aquella hilera de gente -ahora que la analizaba mejor me daba cuenta de esto- tan disímil: un puesto de raspadillas, común y silvestre, como ese otro que había a menos de veinte metros de éste, o aquel en el que uno compra la respectiva cuando baja a las playas de la Costa Verde.

Aún incrédulo de que tal aglomeración de gente fuera producida por un poco de hielo molido con saborizante, me acerqué a la cola para comprobar si, efectivamente, era tal la causa de la misma.

- Disculpa, ¿esta cola es para la raspadilla?

La convicción del «sí» que obtuve como respuesta, junto a la sonrisa cómplice de la chica que la profirió, no hicieron sino acrecentar mi asombro de que un fenómeno tan peculiar tuviera una causa tan mundana. Aún con un viso de suspicacia en mi accionar, me formé en la cola, sin saber si estaba a punto de probar quizá la mejor raspadilla del mundo o si había sucumbido ante una ingeniosa estrategia de marketing.

* * *

Casi veinte minutos después seguía en la cola, a escasas dos personas de tener el encuentro tan esperado con la raspadilla de mi vida. Cada vez más cerca del desenlace de esta aventura microglacial me pregunté si todo este tiempo de espera habría realmente valido la pena.

Los rostros de las personas que se alejaban saboreando su respectivo postre se me hacían -debido quizá a un transitorio estado de paranoia- extrañamente inexpresivos, lo cual acrecentaba mi ansiedad. Sin embargo, no me atrevía a preguntarle a ninguna de ellas por el sabor de la que me esperaba algunos metros más adelante, por alguna razón, llámenla masoquismo o simple fuerza de voluntad, aunque muchas veces no exista efectivamente gran diferencia entre ambos.

Cuando la transacción estuvo cancelada, y antes de recibir mi raspadilla, observé el lugar detenidamente. Hubiera querido encontrar algún detalle peculiar, EL detalle que volvía tan especial a este puesto. No vi sino las mismas botellas usadas de Gatorade -que servían para guardar los saborizantes con que se bañaba al hielo molido- que habría en cualquier otro establecimiento similar, la misma clase de atención -me aventuraría a decir incluso que mucho menos amable- que en otros sitios, ni siquiera un slogan o un logotipo tan criollamente creativo como "todos vuelven" o "el que me prueba, no me deja". Nada. Recibí mi raspadilla, me di media vuelta y me alejé de la calle Capón devorando a grandes cucharadas aquel postre helado que empezaba a derretirse entre mis manos.

- ¿Qué tal estuvo tu raspadilla?
- Deliciosa
- ¿En serio?
- Después de todo el tiempo que esperé por ella, tengo que creer que fue una experiencia orgásmica.
- ¿Por qué?
- ¡Por orgullo!

viernes, 19 de enero de 2007

Sullana

Volví a Sullana después de dos años y medio. La tierra de mi madre, la del calor eterno a orillas del río Chira, en cuyas aguas alguna vez me refresqué de la inclemencia del Sol, el cual, a pesar de lo que se dice, no alumbra ni calienta igual para todos.

Estuve aquí antes de nacer, puesto que mi madre ya cargaba conmigo en su vientre durante su boda religiosa en la Iglesia Matriz de esta ciudad. Mis padres ya habían contraído (detesto el hecho de que esta palabra puede utilizarse también para hablar de una enfermedad) matrimonio civil algunos meses antes, y se ve que no perdieron el tiempo. Fue la gris humedad de Lima la Horrible, sin embargo, la que me recibió cuando lloré por primera vez, debido al empecinamiento de mi padre (limeño, por supuesto) de que su hijo debía de nacer en la Capital.

Esta vez, los brazos abiertos de mi abuelita Manuela, de mi tía Maruja y de mis primos Karol, Tania y Miguel Ángel fueron los que me recibieron a la ciudad donde pasé tantos veranos de mi infancia. La cosas no parecían haber cambiado mucho: las mismas mototaxis, el mismo calor, la misma deliciosa comida. Llegamos a casa y saludé a mi abuelito. Jamás imaginé que lo encontraría en aquel estado.

Filomeno y Manuela son padres de una camada de ocho hijos, cada uno de los cuales ha corrido con diferente suerte por la vida: así , por ejemplo, mi madre padeció la gravosa fortuna de darme a luz. Filomeno, mi abuelito, el otrora camionero con tres compromisos y un par de docenas de hijos, está enfermo. Ha sido una buena persona, a pesar de todo, y ahora sólo espera la Muerte.

Me fue imposible fijar la mirada en los ojos de aquel hombre, puesto que no parecían observar nada en este mundo, sino que daban la impresión de estar pasmados por algún sobrenatural evento más allá del alcance de los mortales, por lo menos del de aquellos que aún no estamos caminando los últimos pasos de nuestro sendero. Los viejos y sinceros ojos de mi abuelito, que se avistaban enormes tras las gruesas lunas de sus lentes, parecían mirar a la laguna como llaman a la eternidad de la ausencia*.

Mi abuelito apenas puede caminar y la mayoría de sus conversaciones devienen siempre en sus dolores y padecimientos. Está muy enfermo y muchas veces me pregunto si volveré a verlo.

El resto de mi familia parecía estar mejor. Mis primos han crecido enormemente: las bebés que se caían (no digo "cayeron" porque fueron en realidad varias veces) de la cama de mi hermana cuando eran unas recién nacidas están ahora a punto de entrar a la universidad; los mocosos (y que conste que digo esta palabra con todo el cariño que siento por ellos) que no sabían otra cosa que jugar fulbito ahora entran a la secundaria. Me pregunto, ¿en qué momento dejé de ser parte de la generación del mañana? Tengo miedo de lo que les espera a ellos.

Mientras tanto, los míos y yo aún luchamos por sobrevivir en el mundo que nos heredaron nuestros padres, directa y funesta consecuencia de la forma en que vivieron ellos y los que estuvieron antes de ellos. Lo que me llena de pavor es que nosotros también estamos viviendo del mismo modo: sin pensar en los que recibirán el mundo de nuestras manos.

Por las tardes me sentaba con mis primos menores y veíamos dibujos animados. Ese es un vicio que no he podido abandonar. Mis padres siempre me lo, cómo decirlo, ¿recriminan, echan en cara? Sería muy duro decir que hacen eso. Digamos solamente que siempre terminan sus apreciaciones sobre mi gusto por los dibujos animados con una risita cachosa. A pesar de todo, yo sigo disfrutando de Los Padrinos Mágicos, Ben 10 y Duelo Shaolín. En mis calurosas y animadas tardes sullaneras, de vez en cuando fastidiaba a Miguel Ángel con una broma tonta que tenemos entre nosotros dos y que es casi tan antigua como él, y siempre se molestaba de la misma manera en que lo viene haciendo desde que lo fastidio con la misma broma: de mentiritas. Después lo escuchaba repetir de memoria los diálogos de los personajes y era yo ahora el que se molestaba... de mentiritas.

Yo también quisiera tener Padrinos Mágicos, pero ya soy muy viejo. Timmy sólo los conservará (con suerte) hasta los 15 años y yo ya hace mucho que superé esa barrera. Mis deseos, además, serían quizá demasiado inútiles: habría que cambiar el mundo entero para que sucedieran (algo demasiado lejos de mi alcance y hasta me aventuraría a decir que del de Cosmo y Wanda) o el mundo tendría que cambiarme a mí (cosa que ciertamente no se me antoja mucho).

Por el momento, mis primos parecen no inquietarse. La vida, después de todo, es mucho más simple cuando eres niño o, por lo menos, más despreocupada. Ellos tienen suerte: aún podrían despertar un día y descubrir que tienen, oh sí, Padrinos Mágicos.

* * *

Pasaron los días. Uno de los últimos en que estuve en Sullana, asistí a una misa de salud en la Iglesia Matriz. Los que me conocen saben que soy un hombre que difícilmente puede llamarse religioso, por lo menos en el sentido estricto de la palabra. Sin embargo, algo en ese lugar llamó profundamente mi atención.

Casi todas las iglesias a las que he entrado muestran a Jesús crucificado y padeciendo el dolor de su sacrificio. Aquí, sin embargo, Cristo se proyecta delante de la Cruz, resucitado y levitando, con los brazos abiertos y la expresión de alivio de aquel que ha conocido lo que existe detrás de la Muerte, o la Iluminación, o ambas cosas si es que acaso fuera posible deslindarlas.

Las razones por las que la Iglesia Católica eligió como ícono a un hombre atormentado por el dolor me son desconocidas. En una novela que leí alguna vez (me parece que era El vuelo de la reina de Tomás Eloy Martínez), uno de sus personajes hacía rabiar a sus institutrices religiosas, entre otras cosas, por su constante ataque a los dogmas católicos. Fue ella quien, si mal no recuerdo, hacía mención al hecho (causando, para placer suyo, una gran desazón entre las monjas que la educaban) al que se hacía alusión al principio de este párrafo: por qué ha de presentarse a Jesús sufriente y miserable en vez de mostrársele resucitado y en toda su gloria.

Sólo podría esgrimir mis humildes especulaciones. Después de todo, ¿quién soy yo para ir en contra de una institución milenaria que ha ayudado tantas veces a la Humanidad a levantarse tras haber tropezado con la Verdad? Sólo se me ocurre, por ejemplo, decir que la Iglesia fue utilizada por las clases dominantes para adormecer a los atormentados por el dolor de la opresión con la esperanza y el ejemplo proporcionado por un Cristo sufriente. O quizá sólo sea que Constantino tenía alguna clase de fetiche sadomasoquista.

Lo cierto es que este hombre glorioso en medio de la Iglesia Matriz no parece ser el Jesús que todos conocemos. Es diferente: él sonríe.

* * *

Pasaron más días. Era hora de volver a la gris realidad de mi horrible ciudad natal. Casi pierdo el bus por descoordinaciones familiares, algo inevitable cuando tu familia extensa en verdad hace honor a esa palabra: la mitad de la gente en la estación debía de estar emparentada conmigo. Se ve que mis abuelos tampoco perdieron el tiempo, o al menos no parecieron aprovecharlo en algo distinto.

Cuando subí al bus me encontré con una cara conocida e igual de sorprendida que yo de los sitios donde uno viene a encontrarse con la persona que uno menos espera. Intercambiamos el saludo políticamente correcto y luego me dirigí a mi sitio. Mala suerte: algo en la disposición corporal de mi compañero de asiento me dio mala espina. Preferí, por tanto, concentrarme en la película que se mostraba en los pequeños televisores del vehículo para evitar conversaciones (para mí) indeseadas.

Era Brave Heart. Qué bueno. No, y sólo para variar, no estoy siendo sarcástico. No, tampoco lo estoy siendo cuando digo "para variar". Disfruto en demasía de las películas épicas. El encuentro del Bien y el Mal, fuerzas eternas y mutuamente necesarias conduciendo los Destinos de los hombres, empequeñecidos sin pena ni gloria ante la grandeza de los eventos que suceden ante sus ojos y/o que forjan con el filo de sus espadas. Se nota que me gustan mucho las películas épicas, y hay muchas cosas que disfruto de ellas.

Por ejemplo, el hecho de que la enormidad de las fuerzas que se enfrentan haga que los personajes con afanes de lucirse no lleguen nunca a robar más pantalla de la necesaria. Es un atentado directo contra el mito del poder de la individualidad que nuestra cultura occidental se empeña en hacernos creer. En las películas épicas, los hombres no pueden deslindarse del resto, son lo que son por y para los demás.

Otra razón por la que me gustan las películas épicas son los diálogos: casi siempre se trata de poesía, la de los guerreros, la de la Muerte y, por qué no, también la del amor. Los hombres se saben parte de una causa más grande que ellos mismos, y eso conduce a que sus lenguas prodiguen belleza como su papel de forjadores del Destino lo amerita.

Sin embargo, el principal motivo por el que me gustan las películas épicas es que muestran todo aquello de lo que los hombres somos capaces. La maldad intrínseca del ser humano, la que origina el conflicto, y la bondad que conduce a combatir con todas sus fuerzas a aquellos que deberían estar muertos de miedo. Cuando veo una película épica, no me veo reflejado en ningún personaje en particular, sino en todo el conjunto. Porque soy hombre, existe maldad dentro de mí, soy capaz de ser muy cruel, de hacer mucho daño, de deleitarme con el sufrimiento ajeno, pero también soy capaz de amar, y no existe mayor bondad que la que proviene del corazón de los hombres, el único lugar que el Mal no podrá conquistar jamás, debiendo limitarse a destruirlo como inútil represalia.

Las películas épicas me dan esperanza, no por mí, sino por todos nosotros. Después de ver una de ellas, contemplo el mundo con otros ojos y descubro que quizá no me sean necesarios Padrinos Mágicos para despertarme un día con una sonrisa en mi rostro, porque finalmente el mundo no habrá podido cambiarme y yo sí podré, con inmensa alegría, decir lo contrario.

* * *

Ese fue mi viaje a Sullana. Por supuesto, también me emborraché durante casi toda mi estadía, claro que eso debió de estar casi sobreentendido desde el principio de este texto.


P.D.: Extracto de La chispa adecuada, de Héroes del Silencio.

lunes, 15 de enero de 2007

Esperanza

Hoy comprendí por qué el verde es el color de la esperanza: encontré una pequeña planta de frijol creciendo de uno de los bordes del lavatorio de mi cocina. Sonreí y entendí que aún existe futuro, que por lo menos después de nosotros, humanos, no tiene por qué terminar todo.

P.D.: Lástima que no tenga una cámara digital.

domingo, 14 de enero de 2007

Familia

¿Por qué debo querer a mi familia? Lo comprendo con mis padres, por lo menos en mi caso, ya que ellos nunca han dejado de quererme, supongo que porque no les queda otro remedio. Lo sostengo con mi hermana, porque, a pesar de las peleas (observadas en el Código Tácito de la Fraternidad Responsable), sé que en el fondo, muy en el fondo de su honda hondura, ella también me quiere (aunque sus razones sí me parecen algo más difíciles de comprender). Son, los tres, gente con la que he compartido mi vida desde que nací, o casi. Así que he tenido tiempo suficiente para saber, a ciencia cierta, que los quiero.

El problema surge con aquella parentela de la que no se "goza" (entiéndanlo de manera irónica o no, cada uno según su propia experiencia) tan a menudo como con la familia nuclear. Tíos y primos los tengo por montones, de ambos lados de mi familia, haya sido ya por exceso de amor o por falta de pasatiempos de mis abuelos y tíos. Muchos de ellos son muy queridos por mí, y viceversa. Otros, sin embargo, se me han antojado muchas veces soberbios e hipócritas. Para muestra, un botón.

El día de ayer fue cumple de un primo, hijo de una hermana de mi padre. A pesar de haberlo tratado muy poco, es una de esas personas que te cae bien a la primera. Sin embargo, la diferencia generacional hizo que mi vejez veinticincoañera se viera ridículamente pueril junto a los asistentes a la reunión. Así, me vi reducido al papel de chofer de mi padre, de modo que él pudiera divertirse todo lo que se le antojara sin tener que preocuparse por su nivel de alcoholemia.

Alrededor de la 1 de la mañana me fui a dormir al carro por un rato, escuchando alguno de mis CD's como es costumbre mía. Un par de horas después, mi padre -en un estado que sólo podría describir como "feliz"- se acercó a la ventana entreabierta y me dirigió un par de palabras, aparentemente empezó a pensar en algo más para decirme, pero luego su cerebro pareció desistir. Finalmente, mi padre prefirió devolverse a la fiesta.

Me pareció graciosa la situación, y hasta justa en cierto sentido: mi padre es un buen hombre, trabajador, con defectos y virtudes como todos, pero, sobre todo, una de las personas a las que más admiro. Él adora a su familia, tanto a su esposa y a sus hijos, así como a sus hermanos y a los hijos que de éstos surgieron. Estar celebrando con su familia -además del etanol- lo hacían sentirse muy bien.

Estaba a punto de volver a dormirme cuando sentí a dos personas que conversaban aproximarse a mi carro. Eran uno de mis incontables primos y alguien más, algún desconocido -para mí- que quizá fuera uno de los tantos que al verme me dicen: «¡Hola, Ectorales!» con toda la familiaridad del mundo, y que yo, sin embargo, o era demasiado pequeño como para recordarlos cuando los conocí o no tuve nunca interés alguno en hacerlo.

Este primo no es un primo cualquiera: es mi tocayo. De alguna manera, los tocayos tienen una relación extraña y sobreentendida, una especie de complicidad por llevar a cuestas el mismo nombre -algunos de buena gana, otros de manera más estoica. Este vínculo, sin embargo, presente entre aquellos tocayos que no se conocen a profundidad, se ve largamente trastocado una vez que empiezan a ser más conscientes de la personalidad y temperamento de sus colegas nominales, es decir, cuando empiezan a conocerse. Ayer terminé de conocer a mi primo y tocayo.

La gente más cercana a mí me dice «Héctor» a secas, mientras que mis familiares más lejanos (en mi corazón) y algunas personas que no tratan conmigo desde hace mucho prefieren por alguna razón decirme «Ectorales», así como mi madre cuando está muy, muy molesta conmigo. Estaba yo echado en el asiento del piloto, cuando mi primo y su amigo rodearon mi carro y se dispusieron a orinar en la llanta trasera del mismo. Notablemente incomodado por la situación, toqué repetidamente con mi puño la ventana del carro desde adentro y les dije: «¿qué pasa?», con aquel ademán de levantar las cejas y ligeramente el rostro, así como el de mostrar las palmas de las manos, en señal de indignación.

- Vamos a orinar en la llanta, Ectorales -me dijo mi tocayo.

Estaban ebrios, eso era obvio. Yo, en completo uso de mis facultades mentales, hubiera podido fácilmente salir y hacerles frente. No quería, no obstante, ocasionar una trifulca familiar. ¿Los habría dominado en una eventual pelea? Lo más probable es que sí. Sin embargo, eso habría traído consecuencias peores: ya he visto muchas veces cómo mi padre y mi madre se han enojado mutuamente por cuestiones familiares como ésta. Hasta el momento mi padre estaba feliz, pero aquella alegría podía fácilmente devenir en enfado debido a la fragilidad de los estadios en los que se halla uno cuando se está ebrio, sobre todo porque se trataba de la familia.

La conchudez y la cachita sólo podían ser el colofón consecuente de la irrespetuosidad de mi primo & Co. Luego de haber orinado, a pesar de mi presencia, a pesar de mi indignación, a pesar de mí, se alejaron rumbo a la fiesta, tras despedirse con el tono del criollo que ha perpetrado su viveza máxima, diciéndome: «Gracias, Ectorales», riendo con el disimulo del que quiere, en el fondo, ser escuchado.

Es una pena cómo los lazos de la familia -aquella institución residuo de los clanes en los que en tiempos inmemoriales los hombres se agrupaban para defenderse de los peligros- se vean mellados por razones idiotas como los aires de superioridad de un patético majadero ebrio. Desde ayer, para mí, sólo queda la educada y fría cordialidad para con mi primo y tocayo.Y el humor negro: debo confesar que me encanta dejar en ridículo la inferioridad mental de los discapacitados por el etanol y el sesgo de la soberbia.

jueves, 14 de diciembre de 2006

No quiero ser como RBD

Con más de 10 años en mi haber de baterista, he pasado definitiva y necesariamente (claro que no siempre con buena suerte) por diferentes etapas en mi desarrollo musical: desde el grunge al rock progresivo, pasando por el punk, el jazz, el blues y cuanto género (que para su propia desgracia) haya llamado mi atención.

La década en que nací, los ochentas, fue una de las más glamorosamente ridículas que he conocido (directa o indirectamente), por lo menos en cuanto a look se refiere. A pesar de que siempre existe una notoria diferencia entre los distintos estilos que estuvieron en boga durante tal o cual época, hay rasgos similares o, por lo menos, bastante particulares que vale la pena destacar debido a su carácter emblemático. En los 80’s, por ejemplo, surgió el pintoresco dark, término radial que englobaba a distintos grupos de música, pero cuyos seguidores se caracterizaban por vestir con ropas extremadamente oscuras, cabellos desgreñados y, algunas veces, maquillaje blanco y negro, todo esto símbolo del eterno padecimiento de sus almas desoladas. En el extremo opuesto del estilo dark estaba el glam: las mismas fachas greñudas, pero ahora las ropas indicaban un modo de vida acelerado y excesivamente feliz.

La década de los noventas fue, sin embargo, la que me nutrió mayoritariamente en mi background musical. Este decenio, al contrario del que le precedió, representó un vuelco total en el modo en que los artistas se mostraban a su público. Lo que predominaba ahora era el desgano total por presentar una imagen particular. Un término común utilizado para definir el look es la "pose": durante los 90’s bien podría decirse que ésta se redujo a su mínima expresión, ya que los artistas se preocuparon mucho más por manifestar su propuesta a través de su música, dejando relegada la apariencia física. Lo "casual" era lo que predominaba, es decir, lo que no representaba nada en particular.

Con el cambio de milenio, y por diversos factores -tales como el auge monumental de la industria musical, así como el desarrollo masivo de la cultura de la imagen- ha retornado (y de qué manera) la importancia del look dentro de la propuesta artística de un músico. Hoy existe la opinión generalizada de que uno debe vender no sólo buena música, sino (y sobre todo) una buena imagen si se desea ser reconocido. Esta idea ha fomentado el surgimiento de grupos y solistas prefabricados de escasa o nula calidad artística y trascendencia en la historia musical, pero cuyo peso en los espíritus adolescentes de hoy en día es tan intenso como fugaz.

Particularmente, y por haber sido, como ya lo mencioné antes, nutrido por una década como los noventas en lo que a mi haber musical se refiere, siempre he sentido una suerte de reacción alérgica hacia los artistas que privilegian el look por sobre la calidad musical. Desafortunadamente, demasiadas veces me he sentido un desfasado luchando en contra del mundo. Tanto así que dentro de las mismas bandas de las que formo o he formado parte existe ese eterno conflicto entre lo que interpretamos y expresamos a través de nuestras canciones y lo que mostramos (en el sentido estrictamente visual de la palabra).

Tengo el cabello largo y lo llevo amarrado, y mi guardarropa se ha visto reducido (de alguna extraña manera inexplicable hasta para mí mismo) a incontables polos azules (más uno que otro de color distinto) y blue jeans. Si algo busco mostrar cuando me subo a un escenario es que el público pueda llevarse la impresión de que soy un baterista de una calidad, por lo menos, lo suficientemente llevadera como para compensar el valor de la entrada que pagaron o la media hora que tuvieron que soportarme frente a ellos. Como habrán podido adivinar, la elección de mi look a la hora de dar un concierto no me preocupa ni mucho menos.

Debido a mi actitud, que muchos ya estarán seguro tildando de anacrónica o retrógrada, muy pocas veces me he sentido perturbado por la llegada al Perú de dichos artistas prefabricados que he caracterizado líneas arriba. Mi preocupación va orientada de hecho más hacia la ausencia de artistas de calidad que llegan a este país. Sin embargo, desde hace varios meses y hasta hace algunas semanas, fui, junto con millones de peruanos, víctima del bombardeo masivo de un fenómeno denominado RBD que inevitablemente terminaría por llamar mi atención.

Surgida como producto regurgitado por el gigante mediático mexicano Televisa de su digestión de una alicaída teleserie argentina de adolescentes, la telenovela "Rebelde" fue la que finalmente condujo a la aparición de este sexteto de música pop, gestado en las entrañas de sus capítulos. Anahí, Alfonso, Dulce, Christopher, Maite y Christian son los nombres de los protagonistas de "Rebelde", y son quienes conforman a su vez el grupo RBD.

No tengo ninguna clase de prejuicio en contra de la música pop. No me considero un purista ni nada que se le parezca, una de esas personas que tildan cierta clase de música (precisamente aquella que gustan de oír) como "culta", "alturada" o "superior", y censuran el resto por no considerarla ni siquiera digna de ser escuchada por sus privilegiados oídos. En el disco duro de mi computadora conservo orgullosamente un amasijo de más de siete mil canciones que representan quizá uno de mis más grandes y preciados tesoros: temas de jazz, blues, rock, pop, salsa y folklore (junto con otros que no es posible incluir dentro de ningún género definible) se codean en las rutas digitales de mi PC.

Desde que existe la música pop hasta hoy en día (estamos hablando de toda la segunda mitad del siglo XX y de los infaustos años que para la historia musical representará algún día esta década), han existido muy buenos artistas dentro de este género. Así, en los cincuentas tuvimos al precursor del rock n’ roll Buddy Holly y a la joven promesa latina Ritchie Valens (quien popularizara La Bamba)*; en los sesentas, a los eternos clásicos Beach Boys y Rolling Stones; en los setentas, a los amados y odiados Bee Gees y a la diva rubia Olivia Newton John; en los ochentas, al paradigma del brit pop The Smiths y a la banda pionera del new wave norteamericano Blondie; en los noventas, a la banda de culto R.E.M. y a los siempre controversiales Oasis, y, en esta década (que ni siquiera tiene un nombre propio, aunque se me ocurren algunos que por respeto no menciono), el rock retro de garage de The Strokes y el sonido británico de la (paradójicamente) banda gringa** The Killers.

Regresando a RBD, personalmente no creo que ellos alguna vez lleguen a marcar alguna huella más que en aquellos que se hicieron ricos a su costa. En el Perú, la campaña promocional del denominado "El mejor concierto de tu vida" empezó desde varios meses antes la fecha señalada para el apoteósico evento, el 8 de noviembre de 2006. Para mí, un desentendido total de las telelloronas de Televisa, y mucho más de las disforzadas teleseries de adolescentes, enterarme de que RBD venía al Perú no me despertó ninguna clase de emoción, más allá de la curiosidad que también podría causarme la danza de la abeja melífera o la caída de la Bolsa de Valores de Abu Dhabi.

Sin embargo y para mi propio disgusto, casi diariamente debía tropezarme con por lo menos una pequeña nota informativa respecto al sexteto mexicano, esto debido a que por alguna extraña (o quizás monetaria) razón el periódico que leo parecía estar siempre al tanto del acontecer del grupo. Titulares como "RBD promocionará su disco en Lima" o "Anahí de RBD dice: «estoy sola y sin compromiso»" coronaban notas tan constantes como intrascendentes. Así, poco a poco me fui enterando de quiénes o, para ser más precisos, qué era este fenómeno que amenazaba recorrer Latinoamérica en su tour "Generación 2006".

Como mencioné anteriormente, RBD surge como consecuencia directa de la estrategia de merchandising de la telenovela "Rebelde", remake mexicano de la teleserie argentina "Rebelde Way". Esta producción gaucha engendró también su propio grupo musical de pop, el cuarteto denominado Erreway. Nada de original tiene, pues, el sexteto mexicano, no por lo menos en lo que a su gestación se refiere. Lo único que se hizo fue repetir una fórmula prefabricada: un conjunto de atractivos adolescentes de voz promedio y que cuyas canciones y ademanes reflejaran las ilusiones de millones de adolescentes alimentados durante años por los medios con el sueño de ser superestrellas.

Sus canciones, como es de esperarse, tampoco representan una revolución en cuanto a lo que temática de las letras se refiere: la desventura de ser un adolescente rebelde e incomprendido. Ni qué decir musicalmente: la balada pop, con su estructura verso-coro-verso, es alternada en sus álbumes y presentaciones con los ritmos de una suerte de pop dance electrónico popularizado durante los ochentas y noventas por artistas como los New Kids On The Block o Magneto y explotado hasta el cansancio durante esta década con mayor o menor suerte por diversos grupos.

¿Qué convierte entonces a RBD en un fenómeno de una magnitud tan monumental? La respuesta no está, definitivamente, en ellos mismos. Quizá habría que buscar en la mega escala a la que son promocionados por sus inversionistas como el producto musical de moda, quienes son a la larga los principales beneficiarios del éxito de la banda. De la banda como producto comercial, tanto como podrían interesarse por impulsar una lavadora o un auto.

Esto hace que retorne nuevamente al tema que rondaba las primeras líneas de este ensayo: el look. Ya que RBD no pretende ofrecer una propuesta musical distinta, o por lo menos auténtica (ya que simplemente reproduce fórmulas precedentes), su punto fuerte debe ser entonces el despliegue visual. Venden sus caras, su estilo de vestir, su "actitud rebelde y auténtica" (aunque ésta obedezca a los designios de sus asesores de imagen). Sus conciertos no son un placer para los oídos, sino para los ojos.

Desafortunadamente, la importancia que se le da a la "imagen" de una banda hace muchas veces que su calidad musical decaiga hasta límites tan o más risibles que el disfuerzo de sus poses. Tengo amigas que me dicen de algunos solistas o miembros de bandas, "que churro que es ese tipo" o "que tales abdominales que tiene", así como amigos que me cuentan de lo "buena" o "recontra power que está Fulanita, esa, la que canta en ese grupo que son los cinco que salían en la telenovela". Cuando se refieren a sus canciones, por lo general lo hacen de una manera vaga y superficial, y cuando realmente creen sentirse reflejados en el contenido de sus letras, no reparan en que se están identificando con refritos líricos producidos en masa.

Privilegiar la imagen por sobre el contenido ha degradado el espíritu del arte musical. La buena música (incluyendo al pop), la que se crea como expresión del interior del artista más que como producto comerciable, perdura, y casi nada de lo que se está haciendo hoy en día trasciende los escasos momentos de fama en que se puede permanecer como primer lugar en las radios locales, siempre bombardeadas por nuevos "talentos", hermosos y fugaces. "Video killed the Radio Star" es el título de un tema de The Buggles (incluido en un álbum que anecdóticamente se llama "The Age of Plastic"), y una vez más debo rendirme ante la imponente sabiduría que siempre parece esconderse entre las líneas de una vieja canción***.

Algo que siempre me ha parecido curioso es que muchos de estos artistas bonitos no hacen sino alimentar la creencia popular de que la belleza y la inteligencia no se llevan bien. No me malentiendan: disfruto de lo bello tanto como cualquiera, y no del modo alturado en que el esnob lo hace, sino que muchas veces (demasiadas diría yo) de la manera chabacana en que la representan los diarios chicha. Pero como todo músico que se respete, lo que busco es el deleite de mis oídos y no el de mis ojos cuando compro un disco o voy a un concierto.

Un profesor de mi Universidad dijo alguna vez que la música fue considerada en algún momento de la historia como la representación directa del estadio cultural y moral de los pueblos. Si RBD fuera el reflejo de nuestra sociedad, estaríamos viviendo en una civilización totalmente vacía de contenidos trascendentes, donde la relevancia del arte radica en el look y la pose más que en la verdadera expresión de la interioridad del artista.

En otras palabras: la ausencia de contenido en la música se debe a que las cabezas de los artistas están igualmente faltas de sustancia alguna. Tanto como para no saber ni dónde están parados: en su concierto en el Perú, la hermosa pero desatinada Maite gritó "Viva Chile", ganándose el abucheo masivo de su público, así como en Viña del Mar repitió su errata, pero esta vez profiriendo a viva voz un "Gracias Santiago" que no hizo sino confirmar mis sospechas del estado desértico en que se encontraba el interior de su encantadora cabecita de artista pop. Y, bajo riesgo de ser demandado, podría aventurarme a decir que en el camerino lo primero que le dijo su asesor de imagen fue algo así como "¿ves? Eso te pasa por pensar. Te dije que no te salieras del libreto".

Respondiendo a una pregunta acerca del éxito del cantante David Bisbal, el ex vocalista de Héroes del Silencio, Enrique Bunbury, dijo: "eso sólo demuestra que los artistas de ahora son simplemente caras bonitas que saben cantar muy bien en el karaoke", haciendo alusión a la forma en que Bisbal llegara a la fama. Qué se le hace: es Bunbury, no tiene remedio y así lo queremos. Él tiene la autoridad para decir lo que se le venga en gana: después de todo, es el legendario Bunbury.

Particularmente, y a pesar de lo que muchos puedan pensar después de aburrirse con este pasquín anti RBD, mis reparos no van hacia todos los artistas que cultivan su imagen. Hay muchas bandas con una fuerte carga visual dentro de sus propuestas, pero que de ninguna manera dejan de lado la calidad musical dentro de sus producciones: Iron Maiden, The Cure, Radiohead, entre muchas otras. Hoy ya no es posible lograr el éxito y la aceptación, que a fin de cuentas es a lo que aspira todo artista por más que lo niegue, sin vender un producto que conjugue imagen y música, (buena en el mejor aunque menos frecuente de los casos).

Claro que la regla siempre tiene su excepción. Si no, pregúntenle a la gente de Dream Theater, por muchos considerada como la mejor banda de todos los tiempos. Si hay algo que no tienen estos cinco músicos de conservatorio, originarios de Nueva York, es un look glamoroso ni mucho menos. Cada cual sube al escenario con la facha que se le antoje. No tienen ciertamente ninguna necesidad de compensar carencia musical alguna con un señuelo de ropas y espectáculo visual que distraiga a su público.

Dream Theater lleva 20 años en carrera y sigue llenando estadios. Mike Portnoy, su baterista, se viste para los conciertos como si fuera a jugar una pichanga de barrio: un polo o un bividí, un short bermuda y zapatillas deportivas. Su despliegue en el escenario, sin embargo, es capaz de dejar aturdido a cualquiera, incluso a él mismo: después de cuatro horas de performance, en varias ocasiones han debido llevárselo en ambulancia por agotamiento severo, siempre dejando atrás una muchedumbre de fanáticos satisfechos. No por nada ha ganado durante 10 años consecutivos el premio al "Mejor Baterista de Rock Progresivo" otorgado por la revista Modern Drummer.

Tendría que haber empezado a tocar batería hace 40 años si quisiera llegar algún día a ser la mitad de bueno de lo que es Mike Portnoy, pero para mi pesar tengo sólo un mal aprovechado cuarto de siglo de existencia. Sin embargo, nunca está de más soñar. Así, tal vez, si algún día llegara a ser tan bueno como él, no tendría que sostener nunca más aquella discusión con los miembros de mi banda cuando me piden que en los conciertos me suelte el pelo, use polos de colores más variados y, en general, no me vista (como algunan vez ellos mismos dijeron) como si fuera a comprar el pan. No quiero ser como RBD, pero aún no soy Dream Theater, y espero nunca gritar "Viva Chile" en mi natal y horrible Lima, que amo tanto.



* Cabe destacar que ambos, Holly y Valens, murieron en el mismo accidente de avión.
** Entiéndase como "estadounidense".
*** O, como dice Bunbury, "la música me abre secretos que ahora están dentro de mí".

lunes, 11 de diciembre de 2006

«Sam es mi padre»

- ¿Vamos a dar un paseo?
- No lo creo, Bobby, ya es tarde, creo que sería mejor que me llevaras a casa.
- Vamos, Stacy, sólo una vuelta. Tengo algo que mostrarte.
- Está bien, pero regresemos rápido. Tengo un presentimiento extraño esta noche.

Los dos muchachos bajaron del auto y dieron unas vueltas por el parque. A pesar de estar en pleno verano, aquella última noche de julio un frío poco común inundaba la oscuridad de la noche newyorkina. Fue Stacy esta vez quien convenció a Bobby, su novio, de regresar a su coche, pues aquella extraña sensación en su pecho no desaparecía.

- Prefiero irme a casa.
- Bueno, tienes razón, Stacy, está haciendo un poco de frío. Mejor vámonos.

Stacy Moskowitz y Bobby Violante no habían hecho nada relativamente malo ni aquella noche ni ninguna otra, ni juntos ni cada uno por su cuenta. Eran un par de jóvenes normales que regresaban de ver una película como también lo hacían muchas otras parejas. ¿Qué es lo que condujo, entonces, al Hijo de Sam a asestarles tres disparos, dos a Bobby y uno a Stacy? No fue venganza, no fue despecho, no fue ni siquiera una confusión. Fue simplemente algo que sucedió porque estaban en el sitio incorrecto en el momento incorrecto.

Stacy murió algunas horas después, y Bobby perdió el ojo izquierdo y sólo fue posible salvarle el 20% de la visibilidad del derecho. Sucedió todo esto el 31 de julio de 1977, a poco más de un año del primer asesinato que le fuera adjudicado al Hijo de Sam. Sería éste el último también, pues el 10 de agosto ya la policía había reunido suficientes pruebas para detenerlo.

* * *

Betty Broder, esposa de Tony Falco, tiene una hija con él, pero hace ya algún tiempo que están separados. En 1952, Betty conoce Joseph Kleinman y queda embarazada de él.

- No quiero ese hijo. Deshazte de él.
- ¡Es nuestro bebé, Joseph! ¡No puedo hacer eso!
- Yo no me voy a hacer cargo de ese bastardo que llevas en el vientre.
- ¡No entiendes que no puedo!
- Entonces ya ve tú lo que haces con eso, porque puedes olvidarte de mí.

Betty decide no abortar, pero tampoco quiere cargar con otro niño, pues ya suficiente tiene con criar a una niña y a duras penas. Así, decide dar a su recién nacido, Richard David Falco, en adopción. El niño lleva el apellido de casada de su madre, pues ella y Tony Falco nunca se divorciaron.

* * *

Cuando Richard despertó aquella mañana de junio de 1953, no fue el rostro de su madre el que vio, sino el de una enfermera de un orfanato de Brooklyn, en Nueva York. Richard lloró, puesto que era lo único que sabía hacer en sus escasos días de edad, hasta que finalmente se durmió por el cansancio. Algunos días después fue adoptado por Nathan y Pearl Berkowitz, pareja de esposos judíos, y es en casa de ambos donde pasaría el resto de su infancia y adolescencia, bajo el nombre a secas de David y ahora con el apellido semita de sus nuevos padres.

A pesar de la inteligencia notablemente superior de David Berkowitz, su infancia estuvo marcada por su carácter tímido y por su baja autoestima, que trataba de ocultar bajo una apariencia de autosuficiencia, mintiendo, robando y ocasionando incidentes debido a su piromanía. Jugador ávido de béisbol, se ganó la reputación del abusivo del barrio debido a sus arranques de ira y de violencia desmesurada, los cuales, sin embargo, se alternaban con fuertes depresiones causadas por su complejo de inferioridad.

David odió desde siempre a las mujeres. Su madre lo había abandonado siendo un recién nacido, las chicas de la escuela lo despreciaban, y el estrecho lazo entre él y su madre adoptiva se rompería trágicamente cuando, en 1967, Pearl muere de cáncer de mama. David no podría superar jamás aquel trauma que lo conduciría finalmente a ser un misógino asesino.

* * *

Donna Lauria y Jody Valenti, de 18 y 19 años respectivamente, eran amigas desde la infancia. Ambas vivían en el Bronx, uno de los barrios más peligrosos de Nueva York, pero estaban ya acostumbradas a transitar en las oscuras noches de aquella zona. Nada en especial parecía haber aquella noche del 29 de julio de 1976. Hacía algunas semanas que había empezado el verano y la noche era un refrescante alivio al vaho sofocante de las horas de sol.

Como otras noches, Donna y Jody conversaban en el coche de esta última, antes de irse a dormir. Era ya la una de la mañana. No había, sin embargo, nada de que preocuparse, pues al día siguiente no tenían clases en la escuela ya que estaban de vacaciones, y era, después de todo, un viernes.

Antes y después de los cinco disparos sólo hubo silencio de su parte. El Hijo de Sam no dijo nada ni antes de acercarse al coche, ni cuando dirigió el cañón de su Mágnum calibre .44 hacia los rostros de las muchachas, ni mientras se alejaba dejándolas a ambas heridas de muerte, si es que ya no totalmente despojadas de vida.

Este fue el primer asesinato que le fuera adjudicado al Hijo de Sam. Algunos meses después, cuando ya el clima veraniego empezaba a disiparse para dar paso a los vientos poderosos y las hojas caídas del otoño, atacaría de nuevo.

* * *

Sam Carr era un trabajador retirado que vivía en Yonkers, NY, junto con su familia y su perro labrador negro, Harvey. El 19 de abril de 1977, el señor Carr recibió una carta anónima que rezaba:

“Le he pedido amablemente que haga que su perro pare de ladrar todo el día, pero él lo continúa haciendo. Le supliqué que lo hiciera. Le dije cómo esto estaba destruyendo a mi familia. No tenemos paz ni descanso. Ahora sé qué clase de persona es usted y que clase de familia tiene. Usted es cruel y desconsiderado: no sienten amor por ningún otro ser humano. Usted es egoísta, señor Carr. Mi vida está destruida ahora. Ya no tengo nada más que perder. Puedo ver que no habrá paz en mi vida o en la de mi familia hasta que no acabe con la suya”.

Alarmado, Sam Carr llamó a la policía, pero lo que recibió fue poco más que ninguna ayuda. Ellos, después de todo, estaban dedicados por ahora a atrapar al asesino de la Mágnum 44. Diez días después, Harvey, el labrador que había destruido la vida de la familia del autor de la carta anónima, recibió un disparo en el patio de la familia Carr. Esta vez, la policía decidió prestar mayor atención a este caso.

Después de todo, Harvey había sido herido con una Mágnum calibre .44, además de que existían similitudes entre ésta y otra carta, encontrada en la escena de un crimen, doce días antes, el 17 de abril, y que estaba firmada, ésta sí, por El Hijo de Sam.

* * *

El 23 de octubre de 1976, después de una fiesta, Carl Denaro llevaba en su auto a Rosemary Keenan de regreso a casa. Ambos se habían divertido como si fuese la última fiesta de sus vidas. Después de todo, a los veinte años lo que a uno le sobran son las ganas de vivir.

- Me divertí mucho hoy.
- Yo también, Rosey. ¿No te importa que te llame así?
- Claro que no. Me gusta mucho que me digas así.
- A mí me gusta mucho llamarte así. Hay una fiesta el próximo fin de semana, no sé si quisieras ir conmigo.
- Claro que sí. Me encantaría, Carl.
- Oye, tienes algo en la blusa.
- ¿Qué es?
- Déjame acercarme para ver mejor.

Rosemary sonrió, Carl también. El placer de un beso muchas veces está definido más por las ganas que tienen dos personas de hallar sus labios, más allá de la habilidad que ambos amantes puedan tener. Este hubiera sido uno de los mejores besos de su vida, a pesar de sus escasos 20 años de edad. Nada de esto pensó el Hijo de Sam. Él sólo disparó sin pronunciar palabra, cinco veces, casi podría decirse que torpemente, y dejó a Rosemary ilesa, a pesar de que Carl fue herido en la cabeza.

- Oh, Dios mío -repetía Rosemary mientras manejaba el auto y veía a su amigo desangrarse en el asiento contiguo-. Oh, Dios mío, Carl. ¡Qué te han hecho!

Carl no murió aquella noche, aunque algunas veces hubiera preferido que así fuera, ya que nunca volvería a ser el de antes. El Hijo de Sam había pasado esa noche a convertirse en uno de los asesinos en serie más temidos de la segunda mitad de los 70’s.

* * *

La violencia del servicio militar no fue de ninguna manera un desfogue para el joven David Berkowitz. Ingresó a las Fuerzas Armadas norteamericanas en 1971 y permaneció activo hasta 1974. Sin embargo, de alguna manera pudo evitar participar en la guerra de Vietnam. De regreso a casa, se transformó al cristianismo.

En este punto, una esperanza pareció llegar a la atormentada vida del joven David: estableció contacto con su madre biológica, Betty. Nada, sin embargo, fue como él lo hubiera querido. Su odio hacia las mujeres sólo se incrementó cuando se enteró de las circunstancias de su nacimiento. Así, después de unas cuantas visitas, David y Betty perdieron contacto. A partir de entonces, su vida pública sería pasar de un empleo temporal a otro. David era empleado del Correo Postal de los EE.UU. cuando fue detenido en 1977.

* * *

El 26 de noviembre de 1976, Donna Lamassi, de 16 años, y Joanne Lomino, de 18, regresaban del cine en la noche. «No hablen con desconocidos» es quizá uno de los consejos más trillados que un padre puede dar, lo cual, sin embargo, no desmerece su validez. Donna y Joanne lo sabían, por lo cual apuraron el paso cuando se dieron cuenta de que un extraño las seguía por la calle.

La vergüenza nos orilla a actuar de maneras incoherentes muchas veces. En vez de correr, de escapar de aquella presencia que altera nuestra paz, decidimos seguir caminando, porque el temor a ser visto como un cobarde es mayor que el temor a ser víctima de un crimen. Donna y Joanne no corrieron, así que aquel hombre pudo alcanzarlas, tocarlas en el hombro y preguntarles: «¿Saben en dónde está...?». La Mágnum .44 terminó la frase con cuatro atronadores disparos.

Finalmente, Donna se recuperó del todo, pero Joanne quedó parapléjica el resto de su vida. El Hijo de Sam se adueñaba poco a poco de las pesadillas de los habitantes de Nueva York.

* * *

Los crímenes del Hijo de Sam se sucedieron también durante 1977. El 30 de enero, Christine Freuna y su prometido John Diel fueron atacados. Christine recibió dos balazos en la cabeza y murió instantáneamente, mientras que John pudo escapar.

El 8 de marzo, Virginia Voskerichian fue atacada cuando regresaba de sus clases. El Hijo de Sam le apuntó en la cara, y ella sólo atinó a cubrírsela con sus libros, que resultaron por demás insuficientes para salvarle la vida. Un hombre, testigo de todo, pudo ver el rostro del asesino, pero cuando éste pasó a su lado, sólo profirió un cortés y asustadizo: «Buenas noches».

El 17 de abril, sin embargo, las cosas empezaron a cambiar. Joe Coffey, detective de la policía de Nueva York, había relacionado desde principios de 1977 los asesinatos del año anterior de Donna Lauria, Jody Valenti y Joanne Lomino, con el ataque sucedido el 30 de enero de ese año. El ataque del 8 marzo coincidía, de igual manera, con el perfil del hombre que buscaban, aunque lo único que supieran de él hasta entonces era que su arma era una Mágnum calibre .44.

Sin embargo, las cosas empezaron a cambiar. El Hijo de Sam se había vuelto más confiado a la hora de cometer sus crímenes, pero asimismo más descuidado a la hora de planearlos. A sabiendas de que la policía la buscaba, luego de asesinar a Valentina Surani y a su novio Alexander Esau mientras ambos se besaban en un coche, el 17 de abril, el Hijo de Sam se dio a conocer al mundo con una carta dirigida a la policía:

“Querido Capitán Joseph Borrelli: Estoy profundamente herido debido a que ustedes me llaman un misógino. No lo soy. Pero soy un monstruo. Soy el Hijo de Sam. Soy un pequeño rapaz. Cuando Padre Sam se emborracha, se vuelve malo. Golpea a su familia. A veces me ata a la parte trasera de la casa. Otras veces me encierra en el garage. Sam adora beber sangre. ‘Ve afuera y mata’, me ordena Padre Sam. Detrás de nuestra casa algunas descansan. Muchas son jóvenes -violadas y degolladas- su sangre drenada -sólo huesos ahora”. La carta continúa por algunos párrafos más.

Esta fue la carta que llevaría a los policías a sindicar a David Berkowitz como el asesino de la Mágnum 44, a quien ahora llamaban el Hijo de Sam.

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Luego de salir del servicio militar, David Berkowitz se mudó de la casa de sus padres adoptivos, en Brooklyn, a Yonkers. Uno de sus vecinos era el señor Sam Carr, dueño de un perro labrador negro. El portero del edificio donde vivía David le dijo a la policía que lo único que sabía de él era que siempre pagaba a tiempo sus cuentas.

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El 29 de julio de 1977 se cumplía un año desde el primer asesinato que fuera adjudicado al Hijo de Sam. La policía, por tanto, no podía descuidarse en aquella ocasión, ya que lo más probable era que tratara de asesinar nuevamente aquella noche. Para esa época, el doctor Martin Lubin, psiquiatra, había elaborado un perfil del asesino: un hombre paranoico, que quizá se consideraba poseído por fuerzas diabólicas y que probablemente tenía problemas para relacionarse, especialmente con las mujeres.

La noche, sin embargo, transcurrió tranquila. El Hijo de Sam decidió no atacar en aquella fecha, sino dos días después, el 31. Esta vez las víctimas fueron Stacy Moskowitz y Bobby Violante.

La policía no podía dejarle pasar ni una más al Hijo de Sam. El 10 de agosto, a las 7:30 p.m., los oficiales a cargo de la operación Omega, encargada de atrapar al asesino de la Mágnum 44, se abalanzaron sobre un hombre que salía de un edificio en Yonkers, NY.

- Ahora que te tengo, dime, ¿a quién tengo? -dijo el oficial que esposaba al hombre que acababan de someter.
- Soy el Hijo de Sam, David Berkowitz. ¿Por qué les tomó tanto tiempo?

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David Berkowitz se declaró en primera instancia como el victimario de todas las mujeres asesinadas por el arma del Hijo de Sam. Afirmaba escuchar la voz de un demonio de 6000 años reencarnado en “Sam” el perro del vecino, el cual le daba órdenes de matar. Los psiquiatras diagnosticaron a Berkowitz como esquizofrénico paranoide de personalidad antisocial.

Posteriormente, David Berkowitz reveló, estando ya encarcelado, que no había sido él el responsable de todas las muertes que se le imputaban, sino que formaba parte de una secta satánica relacionada con el famoso asesino Charles Mason.

Las declaraciones de Berkowitz coinciden con las investigaciones de la policía, la cual, sin embargo, prefirió dejar de lado las pistas que indicaban que el oficial postal de Yonkers era tan sólo uno de los adeptos de más bajo rango dentro del culto, y que había sido usado como chivo expiatorio para encubrir a los miembros de mayor posición.

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¿Qué orilla a un hombre a matar sin razón alguna? Uno puede tener una infancia horrible, puede ser abandonado al nacer por sus padres y sufrir la muerte de su madre adoptiva siendo adolescente. Uno puede sentirse rechazado por la sociedad y en especial por las mujeres, comprarse un arma para tratar de sentirse más seguro de uno mismo. Uno puede finalmente ingresar a una secta satánica y cometer asesinatos en nombre de demonios milenarios. Pero si todas estas cosas le sucedieran a una misma persona, si alguien tuviera una vida tan desafortunada, inevitablemente tendremos al Hijo de Sam, individuo paranoico y asesino en serie de mujeres.

Hoy David Berkowitz está recluido en la cárcel de máxima seguridad Attica con una condena de 365 años. Mantiene además una página web denominada “Forgiven for Life”, en la cual ofrece declaraciones en video, da consejos a los adolescentes, ha publicado diversas cartas de clemencia y apoya a un fondo ultracatólico. El Hijo de Sam recuerda en esta página web, entre otras cosas, que una noche, cuando convalecía de una herida degollante que le valió 56 puntos en el cuello, encontró la salvación en la Biblia.

Berkowitz también planea lanzar un libro denominado “Son of Hope”, donde narra su transformación evangélica y humana, y pretende donar las ganancias del mismo a las familias de sus víctimas.

viernes, 24 de noviembre de 2006

La muerte y su influencia sobre mi vida

Muchas personas no han visto un cadáver en toda su vida. Yo, en cambio, he asistido a muchos más funerales de los que quisiera o hubiera esperado. Y siempre me he acercado al cajón a mirar de cerca de los difuntos. No es que alguna vez le haya deseado esa suerte a alguien, pero la Muerte ha ejercido en mí un influjo considerable y persistente, tanto como para escribir su nombre casi siempre en mayúscula.

No sé cuándo empezó mi necrófila afición, pero recuerdo bien que desde que empecé a escribir los primeros adefesios que tuve la osadía de llamar poemas, el tema ya estaba presente, y por mucho era uno de los más recurrentes en mi universo lírico. Quizá haya tenido que ver algo con aquel libro de quiromancia que encontré en mi farmacia, de cuyas 200 páginas lo único que aprendí fue a determinar la edad en que uno ha de morir.

Es aquí donde entra a tallar otro hito en mi historia personal, el que ha sido quizá uno de los más determinantes en moldear mi simpatía por la Muerte. Como buen hijo de los años noventa y como respetuoso cultor de los setentas, me sentí siempre fascinado por aquel extraño fenómeno que constituye el Club de los 27. Diversos músicos y artistas de ambas épocas encontraron la muerte a esa edad, entre los cuales se cuentan a Kurt Cobain, Janis Joplin, Jimi Hendrix y Shannon Hoon (que murió a los 28 años, pero, vamos, qué son unos meses), víctimas de aquella fatídica combinación que siempre constituyen el Destino (en su sentido más fatalista) y la sobresaturación de estupefacientes.

¿Que cómo se relaciona el Club de los 27 con lo que me auguran las líneas de mi mano? Bueno, adivinen a qué edad señalan éstas que he de morir. No es que lo ansíe, por lo menos no conscientemente, aunque siempre me ha gustado bromear sobre este hecho. Claro está que no a todas las personas les causa gracia, en ese aspecto, mi sentido del humor.

Hoy, a dos años del supuesto quiromántico de mi deceso, la Muerte sigue siendo una presencia constante en el devenir diario de mis pensamientos. Sin embargo, con la madurez que acarrea (o debería acarrear) el envejecer, mis reflexiones sobre Ella son, con suerte, más profundas ahora que cuando era un quinceañero; en ese entonces, mi admiración por la Muerte bien podría haber sido entendida por muchos más como producto de una pose adolescente que como una legítima búsqueda del sentido de mi existencia.

Ayer, por ejemplo, pensaba en la validez de aquel dicho popular que reza: “todos somos iguales ante la muerte”. ¿Iguales en qué sentido? El problema de esta afirmación radica, según creo, en que el paradigma capitalista nos ha llevado a pensar en el dinero como el eje que define en última instancia a los hombres: una persona es más o menos que otra por la cantidad de capital que maneja. Y es bajo ese punto de vista que se legitima el adagio en cuestión: la Muerte nivela a los hombres porque los despoja del dinero. Sin embargo, a pesar de que la Muerte nos iguala en ese sentido, existen otras perspectivas a tomar en cuenta cuando estamos frente a Ella. La valentía es una de ellas.


Siempre he sido un fanático de las películas épicas, aquellas en que los grandes valores son los que cuentan, los que definen a los personajes, los que los orillan de manera casi inevitable a realizar grandes actos de valentía. Quizá por eso considere tan importante la forma en que cada uno enfrenta a la Muerte, no en alguna batalla quirúrgica o farmacológica en su contra, sino en la actitud que uno adopta cuando se está cara a cara frente a Ella y ya no es posible seguirla burlando.

La valentía (o cobardía) de un hombre está definida por cómo afronta lo inevitable. Es más fácil ser héroe cuando se tiene aún la opción de ganar que cuando se está frente a una causa perdida, y la Muerte es esto último casi por antonomasia. El verdadero valor de un hombre (no en el sentido de su valía, sino de su coraje) puede descubrirse sólo cuando está en una situación irremediable. Muchas veces se le confunde con la resignación. Nada menos cierto: resignarse es agachar la cara frente a la Muerte, ser valiente es mirarla a los ojos.

Retomando la idea de la Muerte como igualadora de los hombres, tendríamos de hecho que repensar la validez de tal afirmación si nos remontamos a la forma en que aquella era considerada entre los antiguos Egipcios. Para ellos, no había de hecho nada más discriminador que el paso a la Otra Vida, tanto así que la gente rica tenía derecho a un embalsamamiento más lujoso -indicador de su estatus de ambos lados del Río de los Muertos- y podía literalmente llevarse sus pertenencias a la tumba, ya que le serían de utilidad también en el Más Allá. ¿Qué hace más valederas nuestras creencias por sobre las de ellos? Supongo que nada. Ser monoteístas no nos hace saber más acerca de la desconocida naturaleza de lo que nos espera al morir.

Del mismo modo, así como nosotros entristecemos y lloramos a nuestros muertos, en algunos lugares -tan cercanos como nuestros propios Andes o lejanos como el África- los funerales son muchas veces juergas memorables. No se celebra porque una persona haya muerto, creo que nadie con un poco de sangre en la cara sería capaz de hacer eso. En nuestra sierra se hace bailar el cajón del muertito como señal de un enorme cariño por parte de los deudos. En África se festeja cuando el difunto ha tenido una vida larga y productiva.

Sin embargo, donde las cosas van más lejos es en Nueva Orleáns. Esta tierra de negros, hoy lamentablemente en ruinas, años atrás celebraba la Muerte con festivas marchas funerarias (el dixie que daría origen al jazz) como la memorable When The Saints Go Marchin’ In. Pero las cosas no se quedan ahí: como contraparte, los nacimientos también son acompañados por música, pero esta vez se trata de melodías sombrías, interpretadas como señal de tristeza por el nuevo ser que viene a un mundo donde sólo le espera el sufrimiento.

A muchos les es inevitable llorar ante la Muerte de un ser amado. Es algo natural, sobre todo si se trata de alguien que muere precozmente. Pero, ¿puede ser realmente prematura la Muerte? Este es una idea que está profundamente relacionada con la idea de la predestinación.

El Destino es un plan inevitable: somos los actores de una función a la que Dios puede sólo asistir como espectador, en la cual no puede intervenir. Entonces: lo prematuro se adelanta al plan que para él se había preparado; pero la Muerte no puede ser ajena a este plan, es de hecho su condición, el límite de las cosas terrenas que a fin de cuentas son las que fundan el mundo en que vivimos: todo tiene su final, como dice la canción, en este mundo de finitudes. Un plan implica que lo que se planea ha de expirar en algún momento... más aún si se trata de una frágil vida humana.

Y si, después de todo, no hay plan, si el Destino no existe, si Dios puede jugar a los dados y no saber de antemano el resultado, no cabe pensar siquiera en que algo pueda ser o no prematuro: simplemente no hay cabida para esa categoría, sin plan no hay espera, sin plan sólo hay contingencia. La Muerte pudo o no llegar, y llegó: no fue prematura, simplemente fue.

Algo no es prematuro sólo porque desafía a las estadísticas: eso es tan sólo otra creencia falaz de nuestra sociedad de masas.

No sé si alguna vez mis ideas le darán respuesta o descanso a alguien, ni siquiera a mí, pero son simplemente inevitables mientras aparecen diariamente en mis pensamientos, como lo dije desde un principio. La Muerte es parte de lo que nos define como seres humanos. Temerle, o simplemente tratar de olvidar que existe, no hará que desaparezca, porque, después de todo, morir es parte de lo que somos.

Por ahora, sólo me queda esperar para saber si me admite en el Club de los 27. Una edad curiosa para morir, los 27: la mayor parte de las personas recién empieza una vida propia a esa altura de su existencia, mientras que todos los miembros de este club ya han hecho todo lo que tenían que hacer para cuando se unen a él. ¿Ya hice todo lo que he venido a hacer a este mundo? Lo sabré en 2 años.