lunes, 10 de marzo de 2008

AFANOSOS AFANADORES
Breve reseña sobre el arte de enamorar de los casi extintos clasemedieros

Hoy en día restan ya pocos especímenes de la alguna vez prolífera Clase Media. Entre las posibles causas de su extinción figura un nefasto vector conocido bajo el nombre común de Gobierno aprista, el cual arrasó de manera feroz con su población durante la década del '80. Poseedores de una rica cultura, los últimos Clasemedieros que sobreviven lo hacen agazapados entre las ruinas económicas de un hermoso pero contradictorio país llamado Perú. Algunas de las manifestaciones de su estilo de vida han sobrevivido hasta ahora gracias a la transmisión oral de las mismas, pero también a través de su asimilación en las costumbres propias de las generaciones que les sucedieron en el predominio demográfico de su nación. Los rituales de apareamiento de los Clasemedieros más jóvenes, complejos y diversos, son recogidos de manera parcial en el texto siguiente, redactado por un cronista de la época.

He de admitirlo: yo de chibolo era lorna. Afortunadamente, la palabra "tímido" me sirvió siempre de feliz refugio para ocultar mi verdadera naturaleza pueril. En este trance que para todos es el paso de niño a hombre, la inherente actitud contemplativa de mi timidez me permitió apreciar con detenimiento las formas en que hombres y mujeres empiezan a entablar relaciones, en esa aventura que siempre es el enamorarse o, mejor dicho, el enamorar a alguien, esto es, lo que comúnmente llamamos el "afán".

Y ya que este relato ha empezado en plan confesional, revelaré que, además de lorna, yo era gordo. Si bien no alcancé jamás dimensiones apocalípticas, creo que ese trauma me ha perseguido hasta el día de hoy. Quizá por eso salgo a correr cada noche que puedo, azuzado en mi trote por el recuerdo de mi rolliza infancia. Cierta ocasión en que, por puro capricho, me desvié de mi recorrido habitual, me topé con una chica alrededor de los 15 años apoyada en la puerta de su casa, rodeada por cuatro imberbes coetáneos que tentaban sus pininos en el arte del afán. Desde mis tiempos las cosas no parecen haber cambiado mucho.

Por lo general, los primeros afanes son así, de a cuatro, en mancha, en una táctica que podría ser descrita como un torpe ataque en jauría. La víctima de turno en mi barrio fue Mayita, una bonita niña que tendría entre trece y quince años a mediados de la década pasada. Ella no formó nunca parte de nuestra manchita, que en sus mejores épocas estuvo conformada por cerca de diez hombres -de los cuales Amador, Alfonso, Carlos y yo éramos los mayores- y por una cantidad similar de chicas que por alguna extraña (o estética) razón no fueron blanco de nuestras púberes fantasías románticas. Por esos años teníamos la costumbre de salir a pasear en bicicleta en las noches de verano. En ocasiones llegábamos a ser hasta veinte ciclistas, y nos convertíamos en una suerte de banda de inocentes no motorizados. Con el país atravesado por una grave crisis democrática y de seguridad nacional, para nuestra desentendida mancha de barrio eran, sin embargo, buenas épocas.

Mentiría si dijera que recuerdo la primera vez que la vimos. Lo más probable es que haya sido en una de nuestras correrías nocturnas en bicicleta, cuando ella caminaba rumbo a su casa regresando de la tienda, o tal vez mientras conversaba en su puerta con alguno de sus amigos. De algún modo nos las ingeniamos para entrar en contacto con Mayita, y ahí estábamos, dos días después de haberla conocido, Amador, Alfonso, Carlos y yo, acompañados de un séquito conformado por nuestros "aprendices" (los menores del grupo), afanándola en mancha.

Quizá el sentido de esta táctica sea, como sucede con los lobos, rodear a la presa por todos sus flancos. La cosa debe ir también por descubrir por qué lado flaquea el objetivo, además de ser una manera probabilísticamente acertada de asegurarse el estar entre los posibles candidatos a ser el próximo enamorado de la desafortunada elegida. Y, finalmente, está el hecho de que ningún chibolo se va a atrever, él solo, a ir a tocarle la puerta a una chica.

Cuatro pretendientes deben abrumar a cualquier adolescente, mucho peor si la tienen arrinconada contra una puerta, ejecutando gracias y gastando bromas (muchas veces a expensas de sus cómplices de afán más tímidos), vistiéndose recontra tiza y fashion, luciendo sus lindas caritas o los infantiles músculos que empiezan a esbozar tras sus jornadas deportivas en el colegio, todo para ser, finalmente, el que más la hace reír, el que le parece más guapo, el bacancito del grupo, el Elegido, y, sanseacabó, el ganador de esta competencia.

Bien podría aplicarse en este caso aquel dicho, muy peruano por cierto, que reza "el que puede, puede, y el que no, aplaude". Y los tímidos sabemos aplaudir muy bien.

* * *

Con el pasar de los años, afortunadamente, también se les abren las puertas del amor a los menos aventados y avezados. Tímidos, gordos, flacos, altos, chatos, descubren que ellos también son capaces de enamorar y que, lejos del anonimato al que se vieron ceñidos dentro del colectivo de la manchita afanadora, sus propias personalidades les permiten explorar otras formas de enamoramiento mucho más heterogéneas, ciertamente que unas más efectivas que otras. Algunos casos, como el de los acosadores, merecen mención a parte.

Vanessa era catequista en la parroquia de su barrio. Jorge asistía al mismo grupo parroquial y fue precisamente ahí donde ambos se conocieron. Después de unos meses de frecuentarse, y -según ella- sin razón aparente, el muchacho empezó a manifestar hacia su, strictu sensu, correligionaria lo que después se revelaría como una irrefrenable atracción casi fatal, o por lo menos bastante insoportable para la infortunada protagonista de esta historia.
- Pucha, Vanessa, es que tú me gustas.
- Pero si yo nunca te di alas -frase que siempre es capaz de deslindar responsabilidades de una forma tan evasivamente oportuna.- Tú sabes que yo te quiero como amigo no más.
- Sí sé, pero, pucha, tú me gustas, y no voy a cansarme de insistirte hasta que estés conmigo.

La vida para Vanessa desde entonces no volvería a ser la misma. Jorge parecía tener el don divino de la ubicuidad pero de la caricaturesca manera en que lo esgrime Droopy. Aparecía, como era de esperarse, en el grupo parroquial, pero además de eso empezó a buscarla en su casa, siempre existía la amenaza de que saliera a su encuentro detrás de cada esquina, le pedía acompañarla a todos lados, entró al mismo grupo de estudios que ella y, finalmente, coronó el helado del acoso con la cereza de postular e ingresar, al igual que Vanessa, a la Católica.

No es un secreto que cuando uno se incorpora a la universidad se pasan más horas de vigilia en ésta que en cualquier otro lado. Nefasta realidad para mi amiga, quien vio reducirse dramáticamente el ámbito geográfico del acoso del que era víctima a las 4000 hectáreas del campus, cuando ya desde antes toda una ciudad le resultaba insuficiente para una evasión efectiva de su tormentoso afanador. A pesar de que ambos llevaban cursos en espacios diametralmente opuestos dentro de la universidad (la una en Ciencias, el otro en Letras), Jorge se las ingeniaba para averiguar los horarios de Vanessa y la buscaba a la salida de sus clases. La idea de verlo "hasta en la sopa" cobró una irónica y metafórica perspectiva para ella cuando su perseguidor empezó a buscarla también en la cafetería mientras ella almorzaba, sin importarle que estuviera rodeada de sus amigos. Ni siquiera el amparo divino era capaz de mantener alejado al acosador, puesto que cierta vez Vanessa se vio obligada a "hacerle el pare" frente a sus confirmandos (en ese momento ella había pasado a ser catequista de su parroquia).

No sé hasta qué punto sea efectiva esta técnica de afán. Quizá lo que se espera es colmar la paciencia de la persona asediada hasta que finalmente sucumba porque el nivel de saturación (entiéndase: "ver al acosador hasta en la sopa") la lleve finalmente al atolondramiento, y esto a la larga llegue a nublar el buen discernimiento. La máxima de los que proceden de este modo para enamorar debe ser "el que persevera, alcanza", pero de una manera enfermiza y casi psicopática. Al parecer, toman la expresión "afanar" de manera demasiado literal.

Finalmente, Jorge cedió. El mal trato, primero, y la indiferencia, después, que recibía por parte de la hastiada Vanessa empezaron a sugerirle, de manera muy sutil y casi imperceptible (para él, obviamente), que sus métodos no estaban dando el resultado que esperaba. Luego de un primer alejamiento intentaron ser amigos de nuevo: después de todo, ya lo habían sido antes de todo este chongo. Pero el circo persecutorio empezó de nuevo. Esta vez, sin embargo, Vanessa actuó de manera más tajante. Así que, de ahí en adelante, de lejitos no más. ¿Quieres conversar? Háblame por el messenger. ¿Que te tengo bloqueado? No, cómo crees.

* * *

Afanar a veces te puede llevar a explorar (literalmente) territorios insospechados. Tal fue el caso de Diego cuando visitó la mítica tierra de Asia, reino de lujuriosa fantasía donde pululan hermosas mujeres que te envuelven con los perfumes exóticos de su piel bronceada por el sol del sur de Lima.

Diego y Kenny son amigos desde el colegio. Ahora no se ven mucho, pero mantienen todavía algo de contacto a través del messenger. De hecho, Kenny se la pasa todo el día metido en Internet, y, pensándolo bien, Diego también. No sorprende por tanto que los dos hayan convenido en ir un sábado de verano a Asia, sólo para variar.

La discoteca "Juanito" queda en el floreciente boulevard de Asia, en el kilómetro 97 y medio de la Panamericana Sur. Tan original como el nombre es la decoración del lugar: una malaspectosa fachada color verde agua, una puerta doble por la que entra la gente que paga entrada y otra no más grande que la de una casa cualquiera por donde pasan los caseritos, y, en estridentes luces rojas de neón, el apoteósico nombre del local.
- ¡Huevón, mira!
- ¡Qué rica, huevón!
- ¡Mira esa, huevón!
- ¡Qué rica, huevón!

Luego de un nutrido intercambio de impresiones acerca de las chicas que ingresaban a "Juanito", Diego y Kenny se aventuraron también a entrar. Formaron su cola -lección de vida aprendida por todo buen peruano que haya querido sobrevivir al gobierno aprista-, pagaron los diez soles correspondientes, fueron revisados de manera desganada por los agentes de seguridad de la entrada, y finalmente se infiltraron entre los blondos inquilinos de la discoteca. «Era como estar en otro mundo», me referiría luego Diego con la mirada perdida de aquel que conoció (o cree haber conocido) lo sublime.

En un principio, ambos se dedicaron solamente a beber algo de cerveza. Dos botellas después y con veinte soles menos en su bolsillo, Diego pensó que ya era momento de actuar.
- Manya esas flacas, hay que sacarlas a bailar, huevón, 'tan solas.
- No, huevón, mejor me quedo acá chupando no más.

Finalmente, la persistencia de Diego consiguió que su amigo se animara a acompañarlo en su cacería.

El disgusto que se puede mostrar hacia la carencia de belleza roza muchas veces con la crueldad. Una mujer que te barre con la mirada y te niega un simple baile un sábado por la noche, puede ser suficiente para sumirte en una vorágine etílica que te hará despertar, totalmente alcoholizado, la mañana siguiente, tumbado en una playa desierta y rodeado de gaviotas que con sus chillidos no parecen esta vez reírse tontamente del mundo sino solamente de tu resaca monumental.

Volviendo a Diego, éste deambulaba por la discoteca, ya sin su amigo, algún rato después. Había conocido hasta ese momento a dos chicas, pero «no hubo química», según me describió, esta vez con la mirada clavada en el suelo. Entonces vio a Adriana.

Cada cual tiene su forma particular para determinar hacia qué objetivo enfocar sus armas de seducción. Para Diego, el blanco ideal es fijado cuando existe un equilibrio entre el físico de una chica y la forma en que mueve lo que Diosito buenamente le dio. Adriana era la personificación de dicha armonía.

Diego no lo pensó dos, sino tres y hasta cuatro veces antes de acercarse a ella, una por cada amiga que la rodeaba. «Cuando las mujeres están bailando entre ellas son así: no te dan bola para no chotear a sus amigas», me refirió. En esta ocasión no fue así.
- ¿Cómo te llamas?
- Adriana, ¿y tú?
- Diego.

Buen comienzo. Clásico pero directo. Luego del obligado intercambio de edades y de una plática ligera sobre música, las cosas parecían ir bien para nuestro héroe en su aventura sureña.

El enamorar, así como la ética o el fútbol, es también producto -por lo menos en parte- de las circunstancias. No importa si eres un experto consagrado o un neófito afortunado, la suerte con la que se está llevando a cabo un afán siempre puede cambiar de un momento a otro por la fuerza de la eventualidad. Cuando el DJ de "Juanito" decidió -no importa si fue por azar o por mal gusto- cambiar la salsa que hasta entonces había estado sonando en la discoteca por perreo, la suerte de Diego dio un giro de 180 grados.

- ¡Uy! Eso no bailo. Me voy a descansar. Bailamos más tarde, pues.

Tan cursi como pueda sonar, lo único que obtuvo Diego de Adriana esa noche fue el recuerdo de su perfume. Ni siquiera los movimientos felinos de la chica de gorra Roxy rosada que bailó el perreo con él pudieron reanimarlo del desánimo de perder la oportunidad de seguir acercándose a la armoniosa Adriana, a quien no volvió a ver en toda la noche.

* * *

Colofón
Algunos años después de haberla conocido, Mayita se mudó del barrio. Las razones que tuvo su familia para dejar esta calle fueron, por lo menos para mí, desconocidas. Claro que siempre está la nunca bien tenida chismosa de barrio, la señora Lida en nuestro caso, encargada oficial de desinformar a sus vecinos sobre cualquier hecho notable de la cuadra. Mayita fue enamorada de Amador durante algunos meses. Luego terminaron. Luego Mayita estuvo con "Mapache", un pobre diablo que la había afanado durante años. Al parecer la táctica que resultó infructuosa con Vanessa resultó ser mucho más conveniente en este caso. Las habladurías de la señora Lida giran precisamente alrededor de este último romance.

Volviendo a Vanessa, ella estudia ahora en la UPC. La conocí hace algunos meses y nos hemos vuelto buenos amigos, a pesar de lo poco que nos vemos. No se me ha pasado por la cabeza afanarla, y, si así fuera, jamás recurro al acoso, así que puede sentirse a salvo de mí de cualquier modo. Sin embargo, ya otros acosadores rondan por su nuevo campus. Esta vez, para alivio suyo, no es ella quien se padece el papel de víctima, sino una de sus amigas.

Diego, por su lado, volvió a toparse con Adriana. Fue, sin embargo, más un encontronazo "cerebral" que uno plenamente físico, ya que su bulbo olfativo, uno de los más desarrollados del cerebro humano, fue el responsable del reencuentro. Diego es bajista en una banda de la que yo también formo parte, Bonzo. Fuimos finalistas en un concurso organizado en 2006 por una municipalidad limeña, y fui ahí justamente donde el sentido del olfato de Diego le advirtió que Adriana se encontraba en los alrededores, y el cursi recuerdo de su perfume ya no parecía ser tan inservible. Lástima para Diego que nuestro sentido de la vista sea tan pobre.

Narración de un suceso en dos párrafos

Pues sí, el chofer de la combi no supo pisar el freno ni cuando invadió de manera imprudente el carril contrario; menos aún cuando avizoró a escasos metros de él a un transeúnte que, como buen ciudadano, miraba sólo hacia el sentido de donde supuestamente deberían venir los autos de ese carril; ni siquiera cuando dicho peatón fue golpeado en la ceja por el espejo retrovisor de su vehículo. Fueron necesarios la luz roja del semáforo y la mujer policía (quien, a pesar de todo, nunca terminó de entender lo que pasaba) que afortunadamente se encontraban a menos de cincuenta metros del encontronazo.

Herido, y más sorprendido que preocupado, el transeúnte se levantó. Ninguna de las personas que caminaban por la avenida Venezuela, cerca del mediodía, se inmutó ni siquiera cuando lo vieron cojeando de su pierna izquierda y con su ceja abierta y sangrando profusamente. ¿Qué clase de humanidad vive en los corazones de la gente de esta Gran Ciudad? Un hombre lastimado no parece ser digno de la más escasa atención. A lo único que puede aspirar es a la impertinencia de un cobrador de combi, preocupado -hasta en este momento- más por su propia persona que por el hombre al que había atropellado.
- ¿Tas' bien, compare'?
- ¡Sí, huevón! ¡Todos los días me atropella una combi!

domingo, 2 de marzo de 2008

Et Luces tenebris est

Soy noventero. El título de este blog ya lo expone descaradamente. Soy un noventero acérrimo y recalcitrante, ¿y qué?: rompo la basta de mis pantalones como lo vengo haciendo desde hace casi 15 años y mi moda es no tener moda alguna.

Pero también soy músico y melómano. Fui testigo del apogeo del grunge y podré haber incursionado (y lo seguiré haciendo) en otros estilos musicales, pero mi corazoncito vivirá eternamente agradecido con Seattle porque su música fue mi primer amor. Soñé despierto mientras veía Woodstock '94 en MTV (cuando aún hacía honor al significado de sus siglas), a The Cranberries interpretando Dreams y la batalla de lodo desatada durante la presentación de Green Day. Honro diariamente, sin pompas pero con sinceridad, la muerte de Kurt Cobain y de Shannon Hoon con todo el respeto que se merecen al ser, respectivamente, el espíritu y la voz de toda una década y de toda (¡qué orgullo decirlo!) mi generación.



Creo en la música y en su poder de trascender épocas, de dejar huella y de influir en el espíritu y en la mente. Tete Montoliú dijo: "No hay buena o mala música, sino buenos o malos músicos" y esa máxima ha regido mi vida desde que la aprehendí. Sin embargo, es habitual que la falta de criterio sea el común denominador de aquellos que ostentan el poder y, para el caso específico del que trata este post, el poder mediático.

Así pues, El Comercio puede ser el Decano del periodismo nacional, el diario más extenso (de lejos) de todos los que se ofertan en nuestro territorio, el que trata más a fondo las noticias políticas, locales, nacionales e internacionales de todos los medios de prensa peruanos, pero su sección cultural, Luces, es muchas veces, por lo menos en lo que corresponde a crítica musical, un verdadero mamotreto enmarañado de prejuicios y continuas ofensas contra las décadas pasadas y el legado musical de todos los tiempos.

Empecemos, por ejemplo, por la metodología que los críticos de Luces utilizan para realizar su labor, la cual es simplemente carente de todo rigor: una hora antes del cierre de la edición, escuchan algunos segundos de dos o tres pistas elegidas al azar del disco de turno sobre el que les toque escribir y, basándose en la apreciación inevitablemente sesgada que se obtiene de un procedimiento tal, producen su respectiva nota. Al parecer, confían de una manera tan soberbia en ser depositarios un oído excelsamente privilegiado que ni siquiera se sienten en la necesidad de escuchar un tema entero (ni que decir más de uno) para tener y, sobre todo, ofrecer una apreciación sensata y respetuosa para con su público acerca de la banda que están reseñando*.

Vayamos ahora a un ejemplo más concreto: la, según los redactores culturales de El Comercio, mejor nueva banda de 2007, los Zapping. Esto es lo que dice Luces de esta banda:

«Cinco son suficientes
»¿Acaso es posible que el mejor disco de rock editado en el Perú durante el 2007 haya sido elaborado por un puñado de chicos que apenas alcanza la mayoría de edad y que, además, tiene nada más que cinco canciones? Pues sí. Créanlo. Los Zapping es la mejor nueva banda que ha aparecido en eras en la escena 'alternativa' nacional, y este breve pero ultracontundente EP los presenta en sociedad como algo parecido a los Arctic Monkeys peruanos: sus canciones son todas urgentes, incandescentes... Desde su insolente juventud, y, quizás sin proponérselo, ellos están marcando el derrotero de la generación última, como queriéndonos decir que ya estuvo bueno con los referentes de siempre, que es tiempo de abrazar un cambio. Este disco --lo digo en serio-- entusiasma. [RCA]»

No podría estar más en desacuerdo con esta reseña tan benevolente y franelera, como músico y espectador que soy, porque esto, amigo lector, son los Zapping:



¿Mejor nueva banda de 2007? Por favor. Un poco más y designan a Sonoradio como la mejor banda de 2006. ¿Qué, que Sonoradio lo fue?

Y, sin embargo, pareciera que los críticos musicales de El Comercio no se hubieran divorciado del todo de la tradición musical. Pero las apariencias engañan. Reseñaron, por lo menos sin renegar, el concierto que la banda Collective Soul ofreció el pasado 28 de febrero en Lima. No obstante, o nunca fueron al concierto o su altanero desdén por el legado musical que han significado más de 50 años de rock n' roll los ha llevado a desconocer eso que en el ámbito musical también existe y que suele llamarse "cultura general". Así pues, dicen que: «Posteriormente, sorprendieron al respetable al interpretar el tema "It's a Long Way to the Top (If You Wanna Rock 'n' Roll)", el mismo que cierra la película "Escuela de rock"». Nada menos cierto.



Es (sobre decir que obvio) que hay una gran diferencia entre Highway to Hell e It's a Long Way to the Top (If You Wanna Rock 'n' Roll). Pareciera más bien que los redactores que asistieron al concierto quisieron hacerse pasar por los profundos conocedores que distan eones de ser, para terminar inevitablemente haciendo el ridículo. Eso o nunca cubrieron la comisión que les correspondía y les pasaron mal el dato.

Por cierto (y como trivia de despedida), Collective Soul tampoco cerró su concierto con Shine, como se menciona en la mentada nota. El tema con el que se resolvió esa noche tan increíble se llama Goodnight Good Guy. Al menos acertaron con el álbum. Es como si una "bomba inteligente" norteamericana hubiera caído sobre un colegio irakí: al menos pueden decir que acertaron en la ciudad. Algo es algo, ¿o no?

No desdeñen la tradición, señores críticos musicales de El Comercio. Respeten al "respetable" y sépannos mucho más inteligentes y con mejores gustos que para considerar a unos niños que pareciera que estuvieran ensayando mientras que ofrecen sus conciertos como mejor banda del año que pasó o de cualquiera en que aún haya gente con la fuerza para corear a viva voz:

I'm on the highway to hell
Highway to hell!!!
I'm on the highway to hell
Highway to hell!!!


porque esa es, finalmente, la música que trascenderá, más allá de cualquier disforzado arrebato que un grupo de adolescentes pueda hacer en un escenario que les queda siempre demasiado grande y cuyo único "mérito" es tener billeteras muchísimo más amplias que su propio talento.



* Este dato fue obtenido de fuentes fidedignas dentro de las paredes del legendario local de Miró Quesada. Si no lo hacen con todos los discos, por lo menos proceden de esa manera con la mayoría, según mi fuente.

jueves, 14 de febrero de 2008

Falling in(to) love... inevitablemente

Encontrábame caminando, ya cercano el anochecer, por las antiguas callejuelas de Barranco, cuando divisé a lo lejos el mar, teñido con el color de la sangre. Dime cuenta entonces de que tiempo hacía que no extrañaba algo con la intensidad brutal de las violentas emociones de mi adolescencia. Supe así que esta tarde tenía la necesidad de sentirme nostálgico, por lo que encaminéme en dirección hacia el Astro Rey que, desfalleciente, fundíase en el mar, figura melancólica por antonomasia. Al llegar al malecón, encontréme con interminables parejas que besábanse, abrazábanse y jurábanse amor eterno, repitiéndose unos a otros (imaginábame) todos con las mismas palabras que su amor era único e inigualable: "te amo como nadie" fue dicho novescientas ochentaicinco mil novescientas veinte veces hoy, Día de San Valentín, en Lima.

Estando como estaba, solo, esta tarde, percatéme pues de que no tenía en ese preciso momento a nadie a mi lado a quien confesarle, con la singularidad y originalidad descrita líneas arriba, mi amor. Así, con mi afán nostálgico repotenciado por mi adhesión involuntariamente obligatoria a la soledad y por mi aversión a la cursilería, caminé hacia la orilla del acantilado, porque no hay nada que sazone mejor que el vértigo a la nostalgia producida por un atardecer barranquino de verano, por lo menos para mi gusto (y tíncame que también para el de los suicidas, lástima que ya no se les puede preguntar). Así, sin ganas -debo advertir-, de tomar "fatal decisión" alguna que adornara las páginas de algún diario wolfensoniano, recorrí el borde del precipicio, encontrando a mi paso más y más parejas enamoradas en desafiante actitud ante el peligro (para cualquiera que no haya aún dominado el arte de caminar, o que esté ebrio) del abismo que se cernía ante ellos, como diciendo "el amor lo vence todo".

Las melosas y cursis actitudes del amor en San Valentín acechábanme por un lado, del otro sólo tenía el abismo. Seguí caminando así entre ambas amenazas en busca de un pronto y feliz escape de esta pesadilla fresa que hacíaseme más peligrosa que cualquier monstruo newyorkino inoportuno o hitazo del verano.

* * *

Parecióme haber caminado por varias horas. Ya incluso podía avizorar una luna que, partida por la mitad, se elevaba en la oscura bóveda de la noche limeña. De la luz del día sólo quedaban ahora sus vestigios, pinceladas violetas y verdosas esparcidas caprichosamente en el cielo del verano limeño.

Digo, empero, parecióme, porque el ímpetu de mi huída me hacía percibir mi empresa mucho más grande y trascendente de lo que realmente era. Había caminado en realidad poco más de treinta minutos y eran restaurantes, boutiques y delicatessen miraflorinos los que rodeábanme ahora, pletóricos de parejas que gustaban de demostrar la abundancia de su amor recurriendo a la generosidad de sus bolsillos. Ramilletes de flores con copyright, cafés frapé y ensaladas César reemplazaban a los arrumacos y besuqueos del distrito que había dejado atrás, gestos estos de amor sanvalentinesco tan poco pretensiosos que ahora (casi, casi) se me hacían simpáticos y que por poco parecían comunistas al lado de los que avisoraba en este momento.

En los (cada vez más) lejanos años de mi adolescencia habría renegado con furiosa pasión de sendas expresiones amatorias, pero, como habráse dado cuenta, amigo lector, ya al morir este día y al principiar este texto era evidente la ausencia en mi ser de los arrebatos pueriles que convirtiéronme durante mis años mozos en una suerte de poeta cínico de inusitado e incomprendido sentido del humor. Era incapaz de sentir una nostalgia del tipo adolescente porque las hormonas habían ya aquietado su bullicioso repercutir en mi cutis y en mi emotividad. Por equivalentes razones, hace tiempo que había dejado de lado lucha antisistema alguna o cualquier otro proyecto anarco-punk-posero para prepararme a ser un miembro productivo de la PEA y aportar con mi granito de arena al PBI.

Así, pues, en San Valentín yo también fui invadido por el espíritu del amor que podría ser publicitado en Quality Products y compré mi respectiva rosita.

miércoles, 13 de febrero de 2008

BONZO en laTVaburre.com

Muchas gracias a Daniel García por incluirnos en su proyecto laTVaburre.com. Este es el reportaje realizado a mi banda Bonzo para la mentada página, muy recomendable ésta por cierto para quienes quieran saber algo más de lo que sucede en la movida local (y escapar de paso de nuestra paupérrima y aburrida propuesta mediática masiva).



sábado, 19 de enero de 2008

Más videos

Este mes es para este blog definitivamente audiovisual (a parte de ser inusitadamente actualizado). A continuación los dejo con un video de un concierto en Trujillo, realizado el pasado 4 de enero, en el que participé como músico invitado en la batería. Muchas gracias a Laguna Mental por la oportunidad de compartir escenario con ellos.



Lamento la baja calidad tanto del audio como del video, pero el material que pueden apreciar fue grabado con una cámara fotográfica digital y la iluminación del local era prácticamente nula, por lo que hice lo que pude con lo poco de que disponía. Nuevamente, espero que disfruten de este momento de encuentro musical y (sobretodo) de improvisación.

jueves, 17 de enero de 2008

Mi música

Como habrán podido notarlo, ahora este blog cuenta con un reproductor flash en la barra derecha. Tal vez ya lo hayan adivinado: se trata de algunos temas que he grabado, tanto con mis grupos NMJ y Bonzo (en la batería), como composiciones de mi "proyecto" personal, agrupadas bajo la titularidad de HMC (quienes me conozcan personalmente sabrán cuál es mi verdadero nombre). Espero que las disfruten. Poco a poco iré aumentando más temas para su "deleite". Muchas gracias por visitar mi blog, cuídense y manden fruta.


P.D.: Para detener la reproducción sólo tienen que darle clic al botón de pausa .

viernes, 11 de enero de 2008

1er Videoclip de BONZO

Éste es mi primer post de 2008 y asimismo el primer videoclip de mi banda Bonzo. Se trata de una canción acústica de poco más de un minuto, Flor, tema compuesto por José practicamente por encargo. La historia de Flor la sabe él mejor que nadie, y es a él a quien le corresponde contarla por su estatus protagónico en la misma. Mientras tanto, los dejo con el video, dirigido por un servidor y armado, cual zapatero remendón, con retazos del historial videográfico de Bonzo. Espero les guste.





Para quienes quieran entender la letra, aquí está:

Soy yo,
ya ves.
Mi primavera
sólo marchitó,
tu mar.
tu rostro quema
cuando hablo de dos
y es más,
te ríes de mi
inmensa devoción
a ti.
Me juzgas por regarte
Flor

viernes, 24 de agosto de 2007

NÉMESIS
1ra parte
Basado (apenas) en hechos de la vida real*

Como ha sido su rutina practicamente diaria desde hace cinco años, Raquel entró a la panadería de la vuelta de su casa a las 6 de la tarde. La robusta mujer del Rímac era clienta fiel de ese local tanto por la cercanía a su casa como por la calidad de sus productos, pero sobre todo porque tenía la necesidad, aunque inconfesable, de encontrarse diariamente con la china Soila.

Ambas no podían ser más diferentes. Raquel, mujer de rubicunda cabellera, amplia de cuerpo y dulce pero potente de voz, parecía una cantante noruega de ópera retirada antes de tiempo. Por lo menos eso pensaban los amigos de su hija Delia -obviamente sin que ésta lo supiera-, quienes se regodeaban imaginando toda suerte de historias respecto al pasado de la madre, desde un escape intempestivo del Festival de Viena, huyendo de un director ruso acosador, hasta una vergüenza pública que nunca pudo superar por un apoteósico gallo que se le escabulló durante una presentación en la noche de gala de su embajada en Burundi.

En lo que coincidían todas estas alucinadas proyecciones era en que, en algún lugar de la casa, Raquel todavía guardaba la armadura y el casco de vikinga en los que tantas veces se introdujo, en aquel imaginario, oh, pasado glorioso, vestimenta que -imaginaban- volvía a usar durante las noches de luna llena, a escondidas de su esposo y de su hija, mientras interpretaba en la azotea de su casa y con la misma pasión de antaño las arias que la hicieron llenar teatros enteros en su lejana tierra natal y en tantos lugares del mundo, pero que ahora, lamentablemente, se perdían en el bullicio de la avenida Túpac Amaru, donde quedaba su casa.

Nada de esto era verdad, obviamente, pero era divertido imaginarlo, o al menos eso pensaban los amigos de Delia.

En fin, desde que nació, Raquel había vivido en la misma casa, heredada de sus padres quienes a su vez la habían recibido de los suyos y lo más probable es que también pasara a estar bajo la tutela de Delia cuando llegara el momento. Sí, Raquel y toda su estirpe eran limeños como ellos mismos y adoraban su barrio. Aquella mujer de cincuenta años, madre desde hace 26, no era chismosa, sino observadora, de una excelente memoria (detestaba cuando le decían que tenía "memoria de elefante" por el obvio doble sentido de la comparación) y de labia profusa y fácil. Sabía los nombres de cada una de las personas que habían habitado el vecindario desde que tenía uso de razón y mantenía relaciones bastante cordiales con todas ellas. Excepto con la china Soila.

La dueña de la panadería no era china sólo de chapa, sino que era -como decía Raquel- "china de China". Llegó al Perú en 1968, cuando tenía 13 años, junto con sus padres y sus tres hermanos en un barco procedente de Shantou. Su nombre de pila, por supuesto, no había sido Soila hasta el momento en que puso sus pies en el La Punta, ni mucho menos su apellido Vargas hasta que fue inscrita oficialmente en los registros de inmigración del Ministerio del Interior.

La oriental familia de flamante apellido peninsular se instaló en una de las tradicionales callecitas del Rímac de aquel entonces. Luego de algunos años ya tenían un próspero chifa, con un nombre bastante particular por cierto: "Chifa New York". ¿Por qué aquella familia china de apellido español bautizó con un nombre anglosajón a su negocio? Nadie lo ha averiguado hasta ahora, o por lo menos no hay quien haya vivido para contarlo, aunque lo más probable sea que a quienes lo intentaron no les alcanzó la paciencia para escuchar al patriarca de los Vargas explicar la historia de su negocio en un idioma en el que difícilmente es capaz de articular más de cuatro palabras seguidas.

Para su buena fortuna, Soila había heredado el olfato para los negocios de su padre. En cuanto a su dicción del castellano, aunque cargaba con algunas de las deficiencias del habla de su progenitor, éstas no eran tan extremas, si bien que no había podido abandonar del todo el dejo y la forma de construir las oraciones de su idioma natal.

* * *

Soila abrió su panadería hace unos ocho años. Como digna hija de su padre, supo detectar el negocio que hacía falta en el barrio al que había llegado luego de mudarse de la casa paterna, y como buena Vargas, bautizó su local con un nombre muy -demasiado- particular: "Panadería La Nueva Terpsícore". Una vez más, nunca nadie supo el por qué de aquella elección.

En menos de medio año, la china Soila logró convertir a sus panes en el deleite de todo el barrio. Antes de que ella llegara, los vecinos tenían que recorrer un duro camino de más de cinco cuadras para poder comprar un pan a duras penas decente o conformarse con la dureza del destino de tener que comprar el pan duro del supermercado de la avenida. "La Nueva Terpsícore" volvió en suave y esponjosita la realidad en el tradicional barrio del Rímac. Por lo menos de cinco y media a ocho de la mañana.

Pero -porque siempre hay un pero en toda historia**- no todo podía ser eternamente dulce como el olor de la levadura. Una soleada tarde de verano, mientras atendía a su ya por entonces frondosa clientela, la china Soila perdió por un momento la sonrisa al percatarse de una globular silueta que acaparaba casi toda la entrada de su negocio.

- Señola, no deja pasal ni luz de sol -dijo la china Soila, palabras que casi se le escabulleron de su boca cuando todavía no se había repuesto por el tamaño de su nueva y sorpresiva clienta.

Toda la gente en la Nueva Terpsícore rompió a carcajadas. Claro, todos menos Raquel, que era quien se encontraba en ese momento atravesando por primera vez el umbral de la panadería. La pobre mujer había salido unos minutos antes de su casa con las mejores intenciones de conocer a su nueva vecina y agregar un ítem más a su agenda del barrio.

- Delia, ¿dónde compraste este pan? -le había dicho Raquel a su hija unos minutos antes.
- En la panadería de la china, mamá. ¿Por?
- Está buenazo. Habrá que conocer a la nueva vecina.
- Esa china es un mate de risa, mamá. Tiene su gracia. Y su pan es buenazo.
- Bueno, pues, iré a conocerla entonces. Ya vuelvo.

Raquel regresó a su casa, obvia y profundamente ofuscada. Fue entonces cuando acuñó el característico «china maldita» con el que se referiría a Soila de ahora en adelante.

- China maldita, ¿quién se ha creído?

Delia se río -aunque tiempo después admitiría que no sin sentirse culpable- de lo que le pasó a su mamá. «De repente no quiso decir eso, no habla muy bien el castellano» le dijo a su madre, tratando de relajar los exaltados ánimos de su progenitora.

Sin embargo, una nueva era había empezado en aquel tradicional barrio del Rímac, una época que estaría marcada (por lo menos para Raquel y Soila) por las batallas que diariamente enfrentaban a las dos mujeres en el local de la Panadería La Nueva Terpsícore.

- China maldita... Si su pan no estuviera tan bueno.

(continuará...)



* Gracias a Diana por la idea. Esta historia está dedicada a todos mis compañeros practicantes de El Comercio: Sonia, Sandra D., Sandra O., Diana, Laurita, Anika, Luis, Christian y Oscar.
** Parafraseando a François Valleys.

miércoles, 25 de julio de 2007

More than meets the eye: acerca de la película Transformers, dirigida por Michael Bay

Creo que jamás había esperado tan pocos días (menos de una semana) después del estreno de una película para ir verla. Quizá, si el Destino me es (des)favorable, algún día conozca a Bruno Pinasco y él me pueda explicar (ya que no creo que haya sido por las puras -espero- que se ha paseado por todo el mundo haciendo un programa de cine) por qué los estrenos cinematográficos son casi siempre en jueves.

El punto es que ni el día del estreno (jueves 19 de julio de 2007) ni en los que vinieron hasta el lunes que le siguió -inclusive-, pude ir a ver la película en cuestión por una serie de razones que no vienen al caso. En fin, debo decir que ni para la tercera entrega de la nueva trilogía de Star Wars (mi único fanatismo confeso y ex profeso) esperé tan poco tiempo como para ver la promocionada Transformers de Michael Bay.

Para esto, varios de mis amigos (bueno, tres en realidad) ya habían visto la película y sus apreciaciones sobre ésta habían sido tan profundamente apologéticas que por poco (si es que en realidad sí lo hicieron y mi mente ha bloqueado ese recuerdo traumático para poder seguir considerándolos mis amigos) me la refieren como la mejor película de la historia del cine.

Para ser sincero, debo confesar que estaba bastante ansioso por ver el dichoso film, a pesar de que se trataba, después de todo, de un film de lejos bastante ceñido a los paradigmas hollywoodenses. Crecí viendo, entre otros dibujos animados, a los Transformers y aquella serie es una de las responsables de la (por muchos considerada deplorable y hasta insufrible) retrospección infantil en la que mi imaginación, mi mente y mi accionar en general caen e impenitentemente reinciden incontables veces al día. Por lo mismo, es probable que deba confesar que -por lo menos de manera inconsciente- este es uno de los live-action films que más he esperado desde mi niñez*.

Así que una tarde de martes, saliendo del trabajo (un día poco productivo para el que le interese), decidí no posponer más mi encuentro con la versión en CGI de los Transformers. Había tenido una comisión de última hora (la cual irónicamente no saldría publicada) que por poco y me hace llegar tarde a la película. Para mi buena suerte, el cine quedaba a escasas tres cuadras, así que hasta tuve tiempo (el justo) para comprar canchita y todo. Sin embargo, y como estaba apurado, me compré el combo más grande porque fue lo primero que se me ocurrió y, como fui solo, tuve que acabarme el pop corn gigante con las dos gaseosas igual de gigantes yo solito. Sí, por pura gula.

Y bueno, entré a la sala cuando estaban pasando los trailers promocionales de los próximos estrenos. Qué bueno, no me había perdido de nada. Me senté y, finalmente, empezó el film.

Si bien nunca antes había escuchado la voz de Optimus Prime en inglés, la elección que hicieron para esta película me pareció simplemente genial. Se trataba de una voz memorable per se, tal como también lo son la de Darth Vader en la versión original de Star Wars (interpretada por James Earl Jones) o la de Homero Simpson en la traducción para Latinoamérica (obviamente la que estuvo a cargo de Humberto Vélez). Algún tiempo después me enteraría de que Peter Cullen fue la voz original del líder de los Autobots también en la serie animada de los años ochentas.

Sin embargo, a parte de la voz de Optimus Prime, muy poco o nada más de rescatable habría de encontrar en esta película. Por ejemplo, si bien las peleas entre Autobots y Decepticons son secuencias muy bien logradas (en algunos casos, espectaculares), son muy pocas para una película que tiene (o debería tener, por lo menos) como eje principal a robots gigantes metamórficos que han luchado cruentamente (evidentemente no estoy hablando en sentido biológico) por la conquista del poder del Universo desde que el tiempo es tiempo.

No es así. Por el contrario, Transformers de Michael Bay se centra en la historia de un personaje-cliché adolescente presumiblemente virgen (así es, uno de los mayores estigmas de cualquier adolescente varón nacido en los Estados Unidos) y víctima de las burlas de toda su escuela.

Y, sí, si es que de clichés se trata, los gringos son campeones. Ad exemplum, los amigos negros de la experta en detección de señales Maggie Madsen (Rachael Taylor) son graciosos en tanto uno suprima cualquier intento de reflexión inteligente acerca de lo humorístico en tanto original. Con esto quiero decir que las situaciones protagonizadas por los dos hermanos Whitmann (en especial por Glen, caracterizado por Anthony Anderson) se deben disfrutar sólo con el arquiencéfalo para causar risa en un público con un CI de más de 100.

En algunos casos, incluso los clichés llegan a ser profundamente hirientes. Tal es el caso del vendedor de autos Bobby Bolivia. En este caso, el prejuicio etnocentrista y xenófobo de los guionistas de Transformers de Michael Bay no se plasmó en el comportamiento en general del personaje, sino que fue condensada en la broma que hace el propio Bolivia acerca de su apellido**. Y lo peor de todo es que casi toda la gente en la sala de cine se rió de esa cruel broma, probablemente sin tener en cuenta que, para los gringos, al sur de su frontera todos somos "mexicans" y que esa ofensa no estuvo dirigida sólo a un país sino a todos aquellos territorios del Nuevo Mundo que tienen una lengua romance como idioma oficial.

Tampoco faltaron los errores argumentales en esta película, pero por falta de tiempo y por alejarse del sentido de este post no los comentaré hoy. Aunque -he de confesarlo- fueron pocos (yo sólo pude detectar un par, si es que no uno solo).

Así, pues, Transformers de Michael Bay falla sobre todo por no haber sabido encauzar su trama hacia algo más interesante que un melodrama adolescente teñido con trazas de tecnología alienígena. Falla también por haber caído nuevamente en el facilismo de las fórmulas hollywoodenses a la hora de buscar la risa o la admiración del espectador. Finalmente, ésta falla además por correr.

Sí, no sólo los Autobots corren en esta entrega fílmica, sino que el ritmo de la película es en sí acelerado. Mientras la veía no pude evitar la sensación de que las escenas habían sido recortadas, quizá por cuestión de costos o de estándares fílmicos de la industria cinematográfica gringa, basada en satisfacer a un público acostumbrado a no pensar e incapaz de soportar más de dos horas seguidas de sensaciones visuales sin caer en la abulia y el hastío de aquel que sólo traga sin saborear.

En fin, quizá esto último no haya sido culpa de Michael Bay sino de los nunca bien ponderados productores de Hollywood. Pero bueno, para eso tendré que esperar una ulterior versión del director en DVD (si es que Bay es efectivamente inocente de este cargo), aunque sinceramente considere -confieso que no sin pesar- que el mejor destino para la versión live-action de los héroes robóticos de mi niñez sea las profundidades submarinas que fueran la morada final de Megatron en esta película.



* Otras de las series que algún día me gustaría ver plasmandas en la pantalla grande e interpretadas por actores de carne y hueso son Thundercats, Robotech y Super Agente Cobra.
** «Mi nombre es Bobby Bolivia, como el país pero sin la diarrea».